De la voz de los sin-voz a la voz de los con-poder
En los últimos días, varios hechos sucedidos en el ámbito local –y en el internacional– resultan particularmente ilustrativos de los niveles de deterioro a que puede llegar la comunicación social y, en última instancia, el papel que cumplen los medios masivos.
I)
Yo, aunque no «nací en el cincuenta y tres» sino algunos años antes y por tanto no «crecí con el Yesterday» porque cuando empezó a hacerse oír la emblemática canción ya estaba bastante crecidito, me dejé seducir por la movida de los sesenta: además de los Beatles, también me enganché con Serrat desde Tu nombre me sabe a hierba y seguí siéndole fiel hasta hoy. Por tanto, todo lo que tenga que ver con el entrañable catalán me convoca ipso facto; y fue así que me dispuse a mirar y escuchar la anunciada entrevista televisiva con motivo de su recital en el Velódromo.
¿Y con qué me encuentro? La entrevistadora es una buena señora –una joven mujer, bonita, de buenos modales y con cierto barniz cultural– conocida como conductora de programas de viajes (no lo hacía mal) y más recientemente de una serie veraniega sobre la tilinguería puntaesteña.
Evidentemente, cualquiera es comunicador; cualquiera se cree apto para reportear a quien sea. Ya sé que la caja boba permite ciertas iniquidades, pero me fastidia comprobar cómo se puede desperdiciar una entrevista. Teniendo en frente nada menos que a Serrat, la conductora dejó pasar la oportunidad de indagar en aspectos menos conocidos de su vida y de su personalidad, o de analizar los textos y las melodías de sus canciones. No se le ocurrió, por ejemplo, preguntarle por los creadores que influyeron en él, ni abordar el fenómeno del bilingüismo, ni reflexionar sobre las diferencias entre un contestatario o transgresor de los años sesenta y uno de hoy en día; qué vigencia pueden tener hoy temas como Poco antes de que den las diez o Señora. Una personalidad riquísima desperdiciada por la frivolidad campeante.
II)
Pero claro, ¿qué es todo esto al lado de otras muestras mucho más contundentes de que el cuarto poder se convirtió en un poder de cuarta o, peor, en la quintaesencia de la manipulación informativa? La semana pasada tuvimos un ejemplo pedagógico de hasta dónde puede llegarse en este terreno: ¿Cómo olvidar lo ocurrido en España con el 11-M, oportunidad en que desde el gobierno se procedió al más inescrupuloso –y al mismo tiempo, torpe– ocultamiento de información?
¿Y qué decir de la «gran prensa» venezolana, jugada a desplazar a Chávez del gobierno a cualquier precio? En este caso, a la inversa de los sucesos españoles, son los medios los que desestabilizan al gobierno legítimo.
Al respecto, vale la pena leer un sustancioso artículo de Marta Harneker, El rebaño perplejo domesticado por los medios, donde denuncia una serie de hechos concretos que muestran la grosera manipulación de la información a que son afectos los medios audiovisuales venezolanos, mediante un trabajo de edición (más bien de montaje) del material filmado del que se extirparon cuidadosamente las imágenes o las secuencias que podrían poner en tela de juicio la machacona aseveración de que el gobierno chavista es autoritario e intolerante.
Por ejemplo, no se informó que uno de los muertos en las manifestaciones fue víctima de disparos de un arma casera usada por los provocadores a sueldo de la autoproclamada «oposición democrática». Tampoco se dijo que seis miembros de la Guardia Nacional fueron heridos de bala, uno en el rostro, otro en las piernas, tratando de preservar el orden. Se acusa a Chávez de ordenar la detención de opositores pero se soslaya al mismo tiempo el hecho de que Carlos Melo, dirigente del Partido Causa R, fue detenido cuando portaba dos fusiles FAL.
La «voz de los sin-voz» pasó a ser directamente la voz de los poderosos, la voz del poder. Y cuando ese poder no está ejerciendo el gobierno –como ocurre hoy en Venezuela–, pues ni modo (como dicen los mexicanos): el gobierno pasa a integrar la lista de enemigos de la democracia informativa y es preciso desestabilizarlo como sea. Dice Ignacio Ramonet: «Estos grandes grupos (los empresarios de grandes medios) ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un ‘cuarto poder’ ni denunciar los abusos contra el derecho ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político. (…) Si, llegado el caso, constituyeran un ‘cuarto poder’, éste se sumaría a los demás poderes existentes –político y económico– para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos».
Después de todo esto, cuando uno se entera de que la SIP reclama al gobierno de Chávez por supuestos ataques a la libertad de prensa, tiende a creer que se trata de una humorada.
III)
Y para rematar la cosa, veamos un caso de manipulación no informativa sino más bien «opinativa». Bajo la aparente seriedad de un análisis, el editorial de El Observador del miércoles 17 sostiene la peregrina tesis de que el terrorismo, además de matar gente inocente, puede «quebrar la vida política civilizada». «El gobierno del presidente Aznar cayó por la decisión terrorista de golpear en España», lanza el editorialista muy suelto de cuerpo. De donde se infiere, sin torcer demasiado la lógica, que el terrorismo es el que decide quién debe gobernar un país, y que bastaría un ataque terrorista pocos días antes de una elección para inclinar la balanza hacia uno u otro de los contendores. Asimismo, sutilmente –de manera casi subliminal– se deja entrever que Al Qaeda operó a favor del PSOE, y que, en definitiva, el terrorismo es un aliado de las fuerzas progresistas.
Tal es el modelo de comunicación preconizado por la globalización del poder económico. *
(*) Periodista
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