Dedazo
Aquel hombre tenía un dedo extraordinario.
Le decían El Hombre del Dedo y él lo sabía y lo disfrutaba, pero nadie se atrevía a decirlo delante suyo. El no se los hubiera permitido.
No es que su dedo tuviera una forma extravagante o que su uña fuera larga y torneada como la del hindú que ganó el récord Guinness cuyas uñas miden varios metros. Cualquiera diría que era un dedo común y normal.
No era un dedo que al verlo uno dijera: ¡Pa… qué dedo!
Es cierto que muchos se lo miraban de reojo buscando alguna señal, alguna marca, que les permitiera compararla con sus propios dedos y descubrir que ellos todavía tenían oportunidad de llegar a tener un dedo como aquel.
Más de uno se arriesgó y probó usar su dedo en la misma forma que lo hacía El Hombre del Dedo (EhdD) y resultó fatal. El que la sacó más barata quedó manco. Hubo gente que, por andá a saber qué proceso químico, luego de usar su dedo tratando de imitar a EHdD comenzó a quedar fuera de foco, luego empezó a borrarse y terminó esfumándose en el aire.
Esto, como es lógico, aumentó el prestigio de las funciones del famoso Dedo y se le llegó a asignar un poder casi mítico.
El Hombre del Dedo se acostumbró tanto a usar ese poder digital que por no bastardearlo, se negaba a utilizar aquella prolongación articulada para menesteres plebeyos tales como: metérselo en la oreja o adentro de la nariz, sacarse la pelusa del ombligo, rascarse el trasero y otras actividades escarbatorias.
Sus seguidores se pechaban por cumplir con esas actividades. El solo hecho de pasar de rascarle el trasero a buscarle algún moco en su nariz, se tomaba como una clara señal de preferencia por el elegido. Y, por supuesto, todos esperaban, deseaban ser señalados, tocados, penetrados por aquel Dedo.
Hasta que pasó lo inevitable: El Hombre del Dedo, tan enamorado de sí mismo, se metió su Dedo en el ano y se le atoró.
Al ver que su poder digital quedaba anulado, los demás lo despreciaron.
¡Así es la vida! *
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