El proyecto de Aznar
Fue la primera parte, y más visible, de un proyecto que tenía por objeto corregir el rumbo que había tomado España desde la muerte de Franco, restaurar el poderío de las antiguas oligarquías, incluidas las eclesiásticas, y desacreditar el socialismo y las ideas de izquierda en general, apoyándose principalmente en la crítica a la práctica gubernativa del PSOE.
Los errores y perversiones surgidos en el largo mandato de González, bien aireados por la prensa, sirvieron al PP de excelente pretexto para señalar los evidentes abusos de poder y los casos de corrupción en diversas instancias del Estado y para disparar sus baterías contra el crecimiento del gasto público, defendiendo, al mismo tiempo, su modelo de gestión -más ágil, más eficiente y más barato-, inspirado en la empresa privada. La crispada exigencia de Aznar -¡Váyase, señor González!- representaba algo más que el mero deseo de desalojar del poder político a un competidor gastado y a un equipo carente de ideas e incapaz de reaccionar; no se trataba ya de sustituir un gobierno por otro como consecuencia de la alternancia, sino de transformar la sociedad cambiando la orientación general de la política, aun a costa de romper acuerdos establecidos desde la transición.
La acelerada descomposición del tibio proyecto socialdemócrata, la parálisis de las reformas, la prepotencia y los abusos de la nueva élite política aglutinada en torno al poder y la utilización partidista que hizo el PSOE de las instituciones del Estado para entorpecer la investigación sobre los casos de corrupción y de terrorismo de Estado, facilitaron notablemente la tarea de Aznar y del PP, junto con la frustración de las excesivas espectativas sociales que habían llevado al PSOE al gobierno, al reducir al cacareada consigna del «cambio» a la entrada de España en la Comunidad Económica Europea y en la OTAN y al objetivo de que España funcione, imposible de alcanzar sin efectuar profundas reformas estructurales, por lo menos, en el área de la función pública y en la administración de justicia. No obstante, junto a los vicios ya señalados, asociados en buena medida al crecimiento económico de la segunda mitad de los años ochenta, el PSOE creó bastantes infraestructuras, alentó la oferta pública de viviendas relativamente baratas, aumentó las prestaciones sociales y extendió, de manera modesta pero gratuita, tres servicios públicos -sanidad, educación, pensiones- a toda la población. Si bien es cierto que en los últimos años, extraviado ya el impulso reformista y perdido el contacto con la sociedad, el PSOE se limitó a aferrarse a lo ya realizado y a defenderse, malamente, de las acusaciones de corrupción, deteriorando la vida democrática.
Ante tal situación, al PP, que contó con un notable respaldo de los medios de información y con la errática colaboración de Izquierda Unida, le fue relativamente fácil urdir un discurso demagógico y tecnocrático que prometía una gestión más eficaz del Estado, combatir la corrupción y aportar soluciones -ese fue el lema de la campaña electoral de 1996- a los muchos problemas creados por el PSOE, que quedó marcado de modo degradante -el socialismo es paro y corrupción- y con él toda la izquierda, pues el discurso de Aznar y de los suyos no hace distingos al afirmar el buen hacer de un moderno partido de centro frente al progresismo trasnochado.
La segunda transición
Parte del comportamiento de Aznar sólo se comprende si se tiene en cuenta su permanente lucha contra su antecesor, al que desea superar aun después de haberle desplazado del gobierno. De ahí viene ese esfuerzo continuo por aludir al pasado reciente, por recordar, de modo exagerado, el legado recibido -paro, corrupción y seguridad social en quiebra, es la muletilla que repite-, que sirve para eludir las responsabilidades de su mandato, pero también para arremeter contra un adversario al que no le da tregua.
Para Aznar y el gobierno, situarse como oposición de la oposición es algo más que una hábil táctica defensiva: es la continuación de la ofensiva comenzada en 1993, que ha obligado al debilitado adversario a ir detrás y luchar en campo ajeno, al conservar el PP la iniciativa en el ataque, marcar la agenda política, señalar la única visión correcta de la realidad y poner el acento sobre los asuntos de interés, quedando proscrita cualquier otra interpretación tanto de los problemas como de las posibles soluciones. El carácter autoritario de Aznar y el estilo crispado que utilizó contra González cuando estaba en la oposición, mejorado con la experiencia de Gobierno y con el manejo de los resortes del poder, sirven muy bien a este propósito.
Con una intención muy parecida a la de Franco, que gobernó cuarenta años recordando a los derrotados su derrota y haciendo inventario de los males, verdaderos o presuntos, de la II República y proscribiendo la rememoración de sus aciertos, Aznar ha pretendido borrar los vestigios de todo lo que el PSOE positivamente construyó (pero profundizando en algunos de los aspectos más negativos de la política de González), que fue un efecto tardío de la transición, sobre la cual también ha extendido sus amnésicos propósitos. La segunda transición propuesta por Aznar tiene la pretenciosa ambición de reinterpretar el pasado, borrar los aspectos más progresistas de la primera, dejándola como una consecuencia del reformismo del propio régimen franquista, y hacer del gobierno del PSOE una transitoria anomalía en la historia de una España gobernada desde siempre y para siempre por la derecha católica.
Como en otros momentos de la historia, el gobierno de Aznar representa la vieja prevención de la derecha española ante las consecuencias políticas de la modernidad -el sufragio universal y el gobierno representativo- y su vinculación puramente instrumental con el régimen democrático, así como la ancestral desconfianza ante las expresiones culturales, políticas y sindicales de las clases trabajadoras, un resultado indeseado pero inevitable del sistema de producción que ha generado las grandes fortunas que alientan el pensamiento conservador. Y como en otros momentos de la historia, la derecha española halla su inspiración allende nuestras fronteras. En un tiempo pudieron ser las doctrinas del reaccionarismo católico francés o la conducción carismática (y uniformada) de las masas -en versión italiana o alemana-, el caudillismo militar o la tecnocracia preconciliar. Hoy, en plena etapa de restauración conservadora en todo el mundo, la mezcla de liberalismo anglosajón, de management y doctrina de la Legión de Cristo con proyección imperial, casan bien con el republicanismo conservador de la Casa Blanca.
Con Aznar y el PP, la derecha católica española se homologa con la derecha metodista norteamericana. El Partido Republicano y el PP, Bush y Aznar, ambos creyentes, encarnan, en perfecta simbiosis, la identidad de medios y fines, de objetivos e instrumentos sin contradicciones ni reservas ideológicas, como ocurre cuando son los gobiernos socialdemócratas o laboristas los que aplican las recetas ultraliberales. Con Aznar y Bush al frente, el PP y el Partido Republicano coinciden en proyección internacional, modelo económico, proyecto político y sustrato ideológico. Y sin complejos, como dice Aznar. *
(*) Periodista.
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