Cambios de pareja

Esta izquierda es la que hay», dice Mujica. ¿Cómo es?, ¿qué izquierda es esta uruguaya que asumiría el próximo gobierno? Ensayemos una mirada inusual, sin respeto a los sociólogos, historiadores y políticos que nos pintan sus sesudos paisajes. Que se calienten o se rían, no importa. Pequemos de simplistas, esquemáticos, ilusos y herejes, todo junto, bien burdo. A ver qué da. Por algo hay que empezar, así que hagámoslo por las mayores organizaciones que la representan.

Hay una izquierda «ideológica» que, con el paso de la realidad ha quedado encarnada en las organizaciones Partido Comunista y Partido Socialista. Buena parte de su identidad doctrinaria se generó en la obra del filósofo (y economista y pensador político) alemán Karl Marx, y respecto de la obra teórica y la práctica política del ruso «Lenin». Lenin inventó y aplicó la figura «dictadura del proletariado» que, confrontando con el capitalismo a lo largo del siglo XX, terminó desplomándose en añicos (bien merece este dramático epitafio, habida cuenta del inmenso aparato que sostenía y alimentaba esta idea, con recursos «académicos» y materiales gigantescos). Los partidos comunistas que hay en el mundo, incluido el uruguayo, son vástagos del árbol plantado por aquel ruso impetuoso, petiso y severo.

En cambio, los partidos socialistas en general, incluido el uruguayo, se identificaron con la figura «socialdemocracia», opuesta a la dictadura clasista proclamada por Lenin. Con definiciones más o menos (anti) capitalistas, distintos partidos socialistas alternan en los gobiernos de diversos países del mundo. El conjunto es bastante heterogéneo.

Otro cincel importante que talló la identidad de estos dos partidos es la política uruguaya del siglo pasado  su práctica dentro de ella  en la que hay hechos concretos, nombres propios, etapas, congresos, posturas. El trazo final estaría dado por su estructura organizativa, desde la cúpula hasta la base, con variados escalones de «cuadros» intermedios en distintas áreas. Faltaría el elemento del quehacer internacional de estas dos entidades, pero dejémoslo ahí, por ahora.

Hay otra izquierda, la izquierda «liberal», que está representada por la Vertiente Artiguista y Asamblea Uruguay. Su identidad se funda en torno a las dotes personales de Arana y Astori respectivamente, un cierto tono (olor, estilo) de clase media ilustrada, y la inexistencia de la marca comunista.

Y tenemos a la izquierda «popular», en que Mujica y «el Euterio» (créanme, lo vi escrito así en una pizarra, donde habían borrado el irrespetuoso «Ã‘ato») han reconvertido la herencia tupamara. Taponaron el fusil guevarista con flores criollas cultivadas por Mujica. Hoy recauda la mayor parte del aluvión que abulta la Nueva Mayoría. Quizás ningún recipiente partidario podría acoger organizativamente una avalancha tal, pero merece dudarse que este en particular tenga condiciones para generar ese corolario.

Y por aquí paramos. Queda mucha izquierda sin nombrar (que nadie se ofenda) pero como vamos a mirar las próximas elecciones y ciertas consecuencias de ellas, con estas tres etiquetas  la ideológica, la liberal y la popular  rotulamos el 80 por ciento del paquete partidizado. Es bastante, por hoy.

Demos por hecho que la izquierda gana. Presidido por Vázquez, el comité supremo de accionistas estará ocupado por los cinco grandes del buen votar: Mujica en el flanco principal, Gargano en el otro, Astori, Arana y Arismendi completando la mesa. Pongamos un sexto en la silla «Otros», y arrimemos una para Michelini ¿está bien? Esos siete. A mí no me da.

Se habla de tres mil cargos de confianza que deberá designar este comité gobernante. Por ahí anda el senador Rubio proponiendo redes que terminen pescando idóneos entre los que tramen ideas y proyectos. Bien moderno, pero sigue sin darme. Y lo diré de una buena vez: hace falta Larrañaga. Sí, el mismo: Jorge Larrañaga, hoy postulante a candidato por el Partido Nacional.

Si la candidatura única por partido, junto con el balotaje, contribuyeron a clarificar el dilema de fondo entre cambio o tradición, llevarlo a sus últimas consecuencias el próximo octubre significaría enfrentar a Lacalle-Sanguinetti contra Vázquez-Larrañaga. ¿O no? Este país es el que hay, diría, parafraseando a Mujica. Un país que más allá del voto de octubre desborda y difiere del encarnado en el Comité de los Siete Izquierdistas, por más organismos colectivos, oenegés y la mar en coche que lo expandan.

Es cierto que este realineamiento del gaucho con el doctor podría surgir en la segunda vuelta, si la hay. Depende. Podría, también, naufragar en los pegotes y roturas de la campaña previa.

Dice también Mujica que primero uno se enamora y después recién se le declara. De última siempre queda la clásica salida de «igual podemos ser amigos, ¿no?», pero antes va el intento. Que no pase como a mi hijo adolescente que puede «estar muerto» con una chica, pero que nadie se entere, menos que menos ella.

Mi mediocridad periodística no me impide ver lo delirante que puede sonar hoy esta propuesta. Tampoco me exonera de cargo por incapaz de concebir cómo podría llevarse a cabo. Los políticos son ellos.

¿Y Nin Novoa a la Intendencia de Montevideo? ¡Alguien que me ate, por favor, o sigo!.

En definitiva Fasano, hace algunos años, lanzó ciertas fórmulas que en su momento parecieron peregrinas y luego se concretaron. Yo por las dudas me le adelanto. Con la obsesión que lo embarga, no sea que se le ocurra alguna con Myra Tebot. n

 

(*) Periodista

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje