La imaginación al poder
La verdad, no me puedo imaginar la cara de Jorge Batlle poniéndole la banda presidencial a Tabaré. Ni la cara de Sanguinetti, que estará allí a pocos metros. La de Lacalle sí, porque ya se vio en la tevé la noche del plebiscito de Ancap. También la de Hierro, que tendrá la misma inexpresiva de siempre. Pero no me imagino la cara de Abdala, por ejemplo. Gargano pondrá cara de cura zorro, y a Mujica no me lo imagino de traje y corbata, ¿tendrá? Creo que Arana va a llorar.
No me entra en la imaginación la toma de Vázquez flanqueado por Fidel Castro, Kirchner, Lula y Chávez en la foto, que la va a haber. No puedo imaginarme la cantidad de gente que se reunirá afuera, en los alrededores del Palacio. Ni la fiesta que habrá esa noche en la calle hasta el amanecer. Rada, Viglietti, Carbajal y el Pepe seguros, pero ¿vendrá Silvio, Mercedes Sosa, Chico Buarque, ¡la Oreiro!, Serrat? No me lo imagino. La cara de Néber Araújo sí.
No puedo imaginarme al Ãato Eleuterio, tipo profesor de liceo, rodeado de la alta oficialidad en la imposición de los comandantes en jefe y demás ceremonias militares. No puedo. Sí me imagino las tapas del diario El País, porque viví en el Chile de Allende y veía las de El Mercurio. En cambio, no me imagino a LA REPUBLICA de Fasano en un gobierno del Frente, a pesar de haber leído el Granma a diario durante varios años. Espero que no.
Me imagino, en cambio, la cara de los chiquilines de los barrios en las caminatas del Presidente de la República por La Teja, el Cerro, el Borro. Las he visto iguales en diversas latitudes: no tienen precio.
¿Qué le voy a hacer?: no puedo imaginarme una Intendencia sin Arana.
Quisiera imaginarme que se repetirá en Uruguay el fenómeno de otros países cuando se produjeron cambios esperanzadores de signo popular: nacen niños a rolete, se dispara la natalidad. Pero no sé.
Parecerá una pavada, pero no puedo imaginarme a las emisoras de radio del Sodre y Canal 5 sin el aburrimiento inmemorial que arrastran por los aires. Copadas por la polenta y frescura de gente joven, ¿se imaginan? Yo no.
Mis hijos nacieron, ya son grandes; cayó el muro de Berlín, se unificaron las Alemanias; cambió el mundo, mientras en el minúsculo Uruguay no se ha logrado ¡unificar la patente de rodados! ¿El gobierno del Frente ahorrará a mis nietos la eterna cantinela de esa vergonzosa «guerra»? Cuesta imaginarlo.
¿Se imagina usted cuántas mujeres habrá en el gabinete ministerial? Yo, ni idea, pero sospecho que varias.
En las mesas de conciliación de los gremios en conflicto, ¿los sindicalistas tratarán de «compañero ministro» al titular de Trabajo? No me lo puedo imaginar.
Tampoco me imagino a Tabaré Vázquez y señora durmiendo en la alcoba de Suárez y Reyes, qué quiere que le diga. Ni ambos reuniéndose con Bush y su primera dama en Washington.
Otra pavada: no me imagino quién sería el ministro de Turismo. Será porque pienso en Curiel, y no puedo concebirlo en el obligatorio careteo oficial con la farándula puntaesteña. Mi imaginación lo lleva hasta La Floresta no más.
¿Y a Korzeniak en el gobierno? Porque en algún momento tendrá acercamientos con la oposición para buscar consensos. No es novedad que se hacen reuniones en los boliches. ¿Se lo imaginan tomando el mismo vino que Heber? Imposible.
Todo esto y mucho más habrá que írselo imaginando si, como me aseguró la semana pasada una alta fuente del establishment con absoluta convicción, «el triunfo del Frente es inevitable». Fue en Punta del Este, casualmente, y con vino de por medio. Ya me había pasado una vez hace varios años, al entrar a una «casa pública» y darme de bruces, sorpresivamente, con don Jorge Pacheco Areco, solo de toda soledad, amarrado al mostrador para sujetarse el bamboleo del whisky. Sin conocernos, desahogó sobre mí durante media hora sus alucinaciones de Cid desterrado, sin Babieca y sin Jimena. Esta vez, en cambio, el personaje que me tocó se encuentra en pleno ejercicio de su poder. Dadas las circunstancias me atendré al criterio de reservar su nombre mientras viva.
Dice temer que la victoria izquierdista alcance un porcentaje mucho mayor que el estimado, similar al del último plebiscito, en cuyo caso sucedería lo que «en Venezuela, donde la votación arrasadora que eligió a Chávez barrió del mapa a los partidos tradicionales, adecos y copeyanos». Que así ocurrirá si Lacalle y Sanguinetti son candidatos. Que ni Stirling ni Larrañaga son buenas alternativas, porque en un pleito decisivo como se avecina «sólo una opción de derecha franca puede oponerse con fuerza a la izquierda». De Stirling dice que ha dedicado todo su ejercicio a ganarse la simpatía de la izquierda. Que la mente de Sanguinetti divaga en la figuración internacional, lejos de embarrarse los pies en la canchita uruguaya. Que Lacalle será el candidato blanco. Que a diferencia de Lagos en Chile, Tabaré Vázquez deberá al MPP «radical» la mayoría de sus votos, debido «al lenguaje exitoso de Mujica y la inteligencia del Ãato». Lo que más asombra al personaje es que Sanguinetti, Lacalle y sus círculos íntimos, con quienes departe fluidamente, «están ciegos, convencidos de que pueden ganar, ni se imaginan lo que les espera», dice. Le pregunté cómo vislumbra ese Uruguay gobernado por el Frente. «No sé, no puedo imaginarlo», respondió.
Obvio, un nuevo gobierno de los partidos tradicionales no hace falta imaginarlo, se ha visto mucho, quizás demasiado. En cambio, un acto masivo de apoyo al Presidente uruguayo frente al Edificio Libertad, por ejemplo, ¿qué le parece? Inédito. Difícil de imaginar, no sólo para Stirling. Más vale intentarlo, porque se verán unos cuantos. ¿Y a Mujica de ministro de Ganadería y Agricultura? Bueno, tampoco me pidan tanto. *
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