Cinco días sin comer
No pasan desapercibidos. Una carpa azul con rayas rojiblancas y azules en la parte inferior, ubicada en avenida 8 de Octubre y Abreu, frente al policlínico del Casmu, es el centro de la protesta que cinco trabajadores de esa mutualista llevan adelante con una huelga de hambre que ingresa hoy en su quinto día.
Están con el ánimo firme pero saben que las horas hacen estragos en sus estómagos y en general, en este tipo de medidas extremas, el paso del tiempo golpea física y psíquicamente. Por ahora el ánimo se mantiene arriba.
Se cuidan de no gastar más energía de la necesaria, hablan pausado, caminan muy poco, e incluso uno de ellos nos pidió para hacer la entrevista sentado, lo que da la pauta del desgaste al que están sometidos.
Cada gota de energía que recuperan puede ser un minuto más de aguante de una huelga de hambre que piensan seguir sosteniendo.
Mientras tanto esperan una señal de las autoridades del Casmu ante sus reclamos y de la cúpula del Ministerio de Salud Pública. Por ahora esa señal no aparece.
El Sindicato Médico, como en todas las huelgas de hambre que se realizan en el país, dispuso de especialistas para controlarlos a diario.
Los huelguistas toman agua, jugo de naranja -uno de ellos tiene permitido tomar Coca Cola- e ingieren caldo con sal, perejil y zanahoria. Estos elementos les ayuda a mantener los niveles de minerales en el cuerpo, según se explicó.
Los que decidieron «individualmente» realizar la huelga de hambre son Hugo Curbelo, Marcos Vargas, Leonardo Danovich, Gerardo Canosa y Ana María Cuitiño. «Este tipo de medidas no las puede votar una asamblea» explicaron. Uno la hace y espera que el colectivo la aproveche, dijeron. En un principio se destacó que esta huelga no contaba con el apoyo del resto de los trabajadores, pero en los hechos la dirigencia de Afcasmu (Asociación del Funcionarios del Casmu) pasa largas horas en la carpa, además de decenas de trabajadores anónimos que rotan en el lugar para palmearles la espalda.
Hora por hora
Las condiciones en la que están no los separa mucho de un campamento normal, con la excepción de que no hay comida.
Una carpa medianamente grande, con una banderita de Uruguay al frente, y cuya comodidad es contar con un dormitorio donde hay dos cuchetas y un colchón improvisado en el piso, es el lugar físico donde pasan el día y la noche. Un cartel ruega no ingresar a la carpa cuando algunos de los huelguistas esté dentro para no molestarlos en su descanso.
También en el interior de la carpa se ordenan tres heladeritas de espuma plast donde se resguarda el agua y los jugos, hay una mesa llena de cosas, mates, termos, kilos de yerba -donados en muchos casos por vecinos-, bolsos con algo de ropa liviana y algunos rollos de papel higiénico.
Afuera de la carpa, a un costado, se colocó un baño químico, y en el otro, un toldo verde que busca frenar el sol. Bajo esta protección, en el suelo hay colchones y almohadones dispuestos para que se puedan recostar los huelguistas.
Escuchan radio, siguen de cerca las noticias, cuando pueden leen algún diario y de vez en cuando la música es el telón de fondo.
Testimonios
Ana María Cuitiño es la única mujer que está haciendo esta huelga de hambre.
Dijo que las razones por las cuales se realiza esta medida «es para poner en la calle lo que estamos viviendo día a día todos los trabajadores del Casmu y además darle un mensaje a los compañeros de mantener los valores de ser seres humanos y la dignidad como trabajadores.
Acá no se pelea solamente por el salario, sino por las consecuencias que la Junta Directiva del Casmu no midió cuando decidió no pagar los salarios. Esas consecuencias son que los compañeros vienen (a trabajar) sin comer, a pie o en bicicleta.
Dijo además que a pesar de ingresar en el quinto día sin comer, se siente «muy bien, anímicamente mejor que el primer día».
Resaltó el apoyo de los trabajadores del Casmu que incluso hacen colectas de un peso para comprar naranjas para hacer jugos o zanahorias para el caldo.
Gerardo Canosa, también se siente bien y afirma que el apoyo es muy importante, tanto de los compañeros como de la gente que pasa. «Esta medida no es para que los demás sufran por nosotros sino para que se discuta por qué estamos hoy como estamos».
Somos conscientes que este tipo de cosas nos hace un gran daño a nosotros y a nuestra familia también. Tengo esposa y soy padre de tres hijos. Vivo en Canelones y puedo venir en ómnibus gracias a mi sindicato que me permite adquirir boletos, sino no podría viajar».
Canosa contó que cuando su madre se enteró que estaba entre los huelguistas, «me dijo que prefería que peleara antes que me fuera del país, y en eso estamos».
Hugo Curbelo, en tono pausado contó que «la propia dinámica de los acontecimientos que hemos recorrido como gremio nos lleva individualmente a tomar esta decisión de estar en huelga de hambre. No es fácil tomar una determinación de este tipo. Hasta ahora no acusé el golpe de no comer más allá de algún trastorno, pero en general me siento bien».
Dijo también que los funcionarios del Casmu que hacen esta medida ganan entre 6.000 y 10.000 pesos por mes por turnos de seis horas, «cuando cobramos, obvio».
Curbelo tiene cuatro hijos, la más chica de tres año y medio fue a visitarlo el sábado y se quería quedar a dormir. Los otros hijos viven en el exterior.
Marcos Vargas es el más joven de todos y se sumó el domingo a sus compañeros huelguistas para darles apoyo.
«Necesitaríamos que todos los días se sumara uno más para hacerlos más fuertes a ellos que llevan más días sin comer».
En ese momento llegó su señora y sus tres hijos (José Luis de 10, Fernando de 5 y Micaela de 2 años). Sólo atinó a decir que temblaba de la emoción cuándo los veía. Los chiquitos lo abrazaron, después se fueron y papá quedó resistiendo. «Por ellos», nos dijo. *
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