Delincuencia de altos vuelos

A finales de 2001 se conoció el conjunto de delitos de estafa, falsedad y fraude cometidos por la cúpula directiva de la empresa estadounidense Nerón.

A ese escándalo siguieron durante 2002 y 2003 otros, también de gran calado, a ambos lados del Atlántico: WorldCom, AOL Time Warner, Elf, Crédit Lyonnnais, Adelphia, Global Crossing… Y, ahora, Parmalat. Como ha escrito el periodista económico español Joaquín Estefanía, «no hay día sin escándalo». En unos casos, la delincuencia económica ha hecho maniobras de humo, estafas camufladas como ingeniería financiera o contabilidad imaginativa, y en otros, como Parmalat, empresas industriales que producen cosas tangibles han hecho desaparecer dinero con la colaboración necesaria del opaco e impenetrable entramado de los paraísos fiscales.

Esta no es una cuestión de propietarios sinvergüenzas que llevan a la quiebra a sus empresas por ladrones. Cuando quiebra una gran empresa o es colocada en el disparadero por actuaciones delictivas, miles de personas son perjudicadas; no sólo grandes accionistas, sobre todo pequeños y medianos accionistas, trabajadores y empleados jubilados. La delincuencia de altos vuelos económicos es elegante, bien vestida y perfumada, pero causa más daño que el descuidero que roba un bolso en el autobús o arrebata un billetero amenazando con una navaja. Pero, cuando las compañías que delinquen manejan fondos de inversión (núcleo fundamental del capitalismo financiero actual), entonces los perjudicados son millones e incluso cientos de millones de ciudadanos. En EEUU, a finales del año pasado, varias fiscalías han iniciado la investigación de irregularidades en la gestión de fondos de inversión; Eliot Spitzer, fiscal general de Nueva York, tras investigar esas irregularidades en Wall Street declaró que era «un agujero nauseabundo». En esa investigación de extorsión, prácticas fraudulentas, estafa a los inversores y blanqueo de dinero están implicados grandes bancos, poderosos intermediarios financieros y potentes sociedades gestoras, y los responsables de esos delitos son respetables y distinguidos altos directivos, presidentes y miembros de consejos de administración y máximos gestores de compañías: los nuevos capitalistas neoliberales.

En los ochenta, dos ultraconservadores, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, iniciaron el retroceso derechista que se concretaría en el nefasto ‘Consenso de Washington’, uno de cuyos dogmas es la desregulación financiera; es decir, libertad total para el capitalismo financiero, supresión de normas y reglas de control para los movimientos de capitales, sustituidas por un cuento de hadas: la «autorregulación». El Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha escrito que los escándalos financieros y contables de los últimos años han destruido los pretendidos fundamentos intelectuales de la desregulación: «Nada tiene de casual que el origen de tantos problemas de los noventa se remonte a la desregulación de las compañías eléctricas, de telecomunicaciones o financieras». Y William Donaldson, presidente de la SEC (organismo de control de mercados de valores y bolsa de EEUU) declaró a principios de diciembre: «La autorregulación ha fracasado», pero aún hay quien insiste en que no haya normas ni control para el capitalismo financiero.

Cuando la revista The Economist celebró sus más de 160 años de vida publicó un editorial en el que afirmaba que los mayores enemigos del capitalismo eran los capitalistas que abusan del poder ilimitado adquirido. La prestigiosa revista debió sufrir un ataque de ingenuidad patológica porque es la propia y depredadora versión neoliberal del capitalismo la que contiene el tumor en metástasis que tanto causa desigualdad y pobreza brutales como delito de altos vuelos. Por no hablar de las complicidades y concomitancias con el blanqueo de dinero del terrorismo y del crimen organizado.

El capitalismo neoliberal, cuya dictadura dogmática se inició a mediados de los ochenta, es una de las peores catástrofes que le han sucedido a la humanidad, atendiendo a sus resultados. Una catástrofe cuyo origen es la convicción de los depredadores de que hay dos clases de seres humanos: una minoría elegida por los dioses del éxito y el beneficio incesante (ellos) y una mayoría victimable y explotable según la conveniencia y antojo de la primera (todos los demás).

(*) Publicado en La Insignia

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