"CONSTRUYENDO EL URUGUAY" CONCLUYO CICLO 2003 CON VALIOSAS COINCIDENCIAS

Intelectuales compatriotas coinciden en temas vitales del futuro inmediato

Bajo los auspicios de la Asociación de Promotores Privados de la Construcción del Uruguay (Appcu), los seis disertantes convocados expusieron diagnósticos y propuestas en la sede del Castillo Pittamiglio.

Danilo Astori, Gonzalo Aguirre, Enrique Baliño, Ignacio de Posadas, Carlos Maggi y Mauricio Rosencof, analizaron temas centrados en la cultura, el Estado, la apertura y la política exterior, entre otros.

Correspondió la apertura al doctor Ignacio de Posadas, quien destacó las coincidencias con sus compañeros en la necesidad de «volver a ser lo que el Uruguay fue, básicamente desde un punto de vista cultural: un país conectado, abierto, sintonizado y acompasado al resto del mundo». Planteó como imperioso el no retroceso «hacia un proteccionismo del cual el país ya vivió malas experiencias».

En lo interno apuntó a la regulación, tanto del sector público como del privado, remarcando que en este último «tenemos grandes trabas».

En cuanto al Estado apuntó al consenso para «no agrandarlo más», aunque reconoció la existencia de «casos excepcionales», para los cuales planteó la necesidad de «calidad antes que cantidad. Esto significa también priorizar sus actividades, ya que no puede hacer todas las que está haciendo».

Apuntó también el consenso para pasar actividades empresariales estatales al área privada, «con adecuados controles, y transformar lo que son los directorios actuales, despolitizarlos y evitar que sea donde van los que no resultan electos. Y por último descentralizar».

En el capítulo de la política exterior centró la necesidad de que ésta sea «realista, de un regionalismo abierto».

Le secundó en la oportunidad el doctor Carlos Maggi, quien centró su exposición en lo que calificó de «hecho terrible: el país fue abierto a la cultura y ahora no lo es». Se preguntó: «¿cómo puede suceder que un país que estuvo abierto como ninguno en las primeras décadas del siglo pasado, de pronto se cierra al mundo exterior. El Uruguay ha quedado aislado». Ejemplificó paralelismos entre la actual situación nacional y la que ha vivido a lo largo de su historia el Paraguay, «que sigue siendo un claustro, como una tortuga dentro de su caparazón».

Consideró que Uruguay fue un país hasta la Guerra de Corea, «estuvo en la punta de todos los problemas, entendiendo bien el mundo» para seguir metas adecuadas. Consideró que la debacle comenzó al mismo tiempo que los ingleses dejaron de ser clientes de nuestros productos, «con lo cual, desde el año 30, viene todo un proceso que culmina en este cerramiento». Parafraseó a J. E. Rodó que definió como «encadenamientos simpáticos» esta situación: el país se cerró económicamente y por ende se cierra en lo demás. «Esto es sumamente peligroso, porque cuando nos cerramos como Paraguay, cuesta mucho salir… o no se sale».

 

Más coincidencias

El presidente de la Cámara de Industrias, ingeniero Enrique Baliño, se mostró «inmensamente entusiasmado al ver todas las oportunidades que surgen hoy en el mundo, pero también terriblemente preocupado por cómo nosotros nos comportamos en este mundo ahora de velocidad vertiginosa».

Apuntó a la imperiosa necesidad de «abrir la cabeza, para darnos cuenta de algo que parece obvio: que el pasado no es igual al futuro. La gente lo que hace en este país es proyectar el pasado que tuvo para que genere el futuro: y eso es imposible que ocurra. Porque la prosperidad no se hereda, y las ventajas competitivas que teníamos ayer no son las que tenemos hoy, ni las que tendremos mañana».

Recordó que aún no se da en Uruguay la importancia que Internet tiene, «que implicó una transformación de la sociedad entera en el mundo». Consideró que «la única manera será renovarnos, cambiar incluso lo que estamos haciendo bien: hay que mejorarlo».

Enfatizó que la «demonizada» globalización es una realidad absoluta en Internet, desde el punto de vista laboral. «Los países están allí compitiendo por las oportunidades de empleo: no estamos solos. Pero el mundo funciona con, o sin Uruguay: al mundo no le importa si Uruguay existe o no», sentenció, agregando que «debatimos tanto en lo interno que no nos damos cuenta de la imagen que damos al exterior, que en nada beneficia la llegada de capitales del exterior».

Recordó que en la primera reunión del foro se había coincidido en la definición que «los sistemas humanos se mueven en la dirección de los temas que tratan todos los días. Y ahí debemos ver los temas que se tratan en el exterior todos los días y los que tratamos nosotros en esos mismos días».

 

En cuarto lugar Mauricio Rosencof, centró su exposición en la necesidad de un «entendimiento entre la gente que tiene las posibilidades de llevar las cosas a la práctica: de lo contrario ninguna de estas cosas se va a mover».

Destacó el entendimiento del grupo de expositores y los avances logrados, lo que consideró atípico, «en un país donde hace diez años se estaba discutiendo la patente de rodados, y hoy seguimos con el tema, en un congreso de intendentes que más parece una reunión de copropietarios».

Rosencof consideró que Uruguay «se ha convertido en el país de la anunciación: se anuncian cosas, no se concretan», y recordó los innumerables préstamos que hemos recibido para obras que no se hicieron. Parafraseó a un periodista norteamericano que, escribiendo sobre la corrupción empresarial en su país, dijo que para los empresarios de Estados Unidos los diez mandamientos son sugerencias».

Recordó el tema tratado en oportunidades anteriores, de la imposibilidad de funcionar orgánicamente, «cuando los directores de las empresas públicas, como llega el año electoral, se borran. Es una desbandada. Ahí se eligió gente capaz de buena presencia, de buenas costumbres, pero falta un año y se borraron todos; entonces si eso pasa en las alturas, ¿qué no va a pasar más abajo?».

Le sucedió en el uso de la palabra el senador Danilo Astori, quien destacó la necesidad del foro de «buscar coincidencias por encima de las discrepancias, lo que tomó como punto de partida para estas reflexiones que esperamos nos lleven a los límites del consenso».

Coincidiendo con Baliño, en la necesidad de generar fuentes de trabajo «genuino»; añadió que existirán esas fuentes sin inversiones.

«Esa es quizás la realidad más evidente que tiene la economía uruguaya desde hace mucho tiempo. Hay muchos requisitos para estimular las inversiones, pero hay una absolutamente imprescindible: reglas claras, conocidas y estables. En primer lugar, para quienes tengan que invertir, sean nacionales o del exterior. Nuestras carencias son tales que hoy es absolutamente importante recibir inversión del exterior».

Remarcó que es obligación del país «ofrecer condiciones adecuadas que se resumen en esas condiciones claras, conocidas y estables. Y eso debe surgir de una política exterior. Esa política exterior en la que ahondaremos pero que ahora quisiera resumir en la expresión, regionalismo abierto».

Definió la apertura al Mercosur como «algo estratégicamente compartido», pero necesaria de ciertas puntualizaciones. «Nuestro camino casi natural, es acumular fuerzas con nuestros vecinos. Pero sería muy negativo que este proyecto sustituyera el cierre nacional del pasado, porque si pretendemos reemplazar el cierre por un cierre regional, estaremos simplemente cambiando los puntos de referencia de los cuales estaremos presos: pasaremos a estar dependientes de las economías de la región. Y ese no es el futuro del Uruguay».

Resaltó que esta experiencia «no debe ser una estación terminal, sino una plataforma de lanzamiento para metas mucho más amplias».

Culminó apuntando que Uruguay debe plantearse estos desafíos como «condición absolutamente fundamental para estimular la inversión que es la base del trabajo que hoy necesita la sociedad».

 

Sacarnos las telarañas

«Si no entendemos el mundo exterior, difícilmente vamos a poder abrirnos allí camino y mucho menos avanzar», aseguró el doctor Gonzalo Aguirre. Apuntó que la mayoría de los uruguayos «conocemos cómo fue la época de oro del Uruguay, la primera mitad del siglo XX. Pero eso no existe más. No existe ni siquiera aquella comunidad mundial, que tenía sesenta países, donde los más poderosos vivían de explotar a las colonias: eso tampoco existe más». Apuntó que tampoco existe un mundo de guerras de todo tamaño y color, «que nos permitía a los que estábamos al margen del belicismo, beneficiarnos periódicamente de la desgracia ajena. Ni siquiera existe el mundo bipolar de la guerra fría, con su enfrentamiento de ideologías: eso se terminó. No existe más el mundo anterior a la revolución tecnológica de hace treinta años; no existe más el mundo con países que tenían su producción asegurada y colocada, como teníamos nosotros en Inglaterra. Todo eso se terminó».

Afirmó que «más allá de que nos guste o no nos guste el mundo de hoy, debemos asumirlo para saber dónde estamos parados».

Destacó que quienes progresan son los que van al frente en la revolución tecnológica, prioritariamente de las comunicaciones. «En este mundo las formas de trabajo ya no son las tradicionales: vender servicios con el dominio de las telecomunicaciones, es la mayor y más productiva forma de trabajo que sustituye a las formas industriales que conocíamos. Tenemos que entenderlo, sacarnos las telarañas de la cabeza y entender que aquel mundo ideal de nuestros padres y nuestros abuelos, se terminó».

 

Segunda ronda

La segunda intervención de los oradores fue abierta por el doctor de Posadas, quien centró su alocución en la «reasignación de recursos, como ha hecho Chile», para alcanzar metas básicas».

Danilo Astori apuntó en su turno final a lo que llamó: «una especie de apertura cultural al revés». Describió que «no nos estamos beneficiando de los progresos en el mundo, pero exportamos hacia el mundo una parte importante de nuestro capital humano. Los emigrantes son jóvenes uruguayos con un nivel de capacitacion relativamente alto». Criticó que exportamos «capital humano que tenemos y no estamos haciendo nada para recibir los avances del progreso mundial: una suerte de apertura cultural perversa al revés». Puntualizó que «todo esto, tiene que ver con los temas económicos: esos jóvenes se van, porque no tienen el trabajo que merece su capacitación. Y no lo tienen, porque la inversión es insuficiente. Y es insuficiente porque no hemos logrado generar señales claras estables y conocidas para que la gente venga a invertir».

Enfatizó la dicotomía que mientras, «tenemos oferta interesante para los inversores del exterior, Uruguay se ha encargado de fomentar incertidumbre y no certeza para la inversión». Astori marcó su autocrítica por haber conceptualizado a «la inversión del exterior como mala palabra en este país, cuando hoy, es una necesidad para que no se sigan yendo nuestros hijos».

Maggi comparó a continuación dos países alejados en el globo terráqueo, pero cercanos en sus economías: Uruguay y Nueva Zelanda. «Cuando Inglaterra adscribió a la Comunidad Europea y quedamos fuera, lo mismo le pasó a Nueva Zelanda. Están en la misma latitud que nosotros, son tres millones de habitantes, productores básicamente de vacas y ovejas. Pero Nueva Zelanda hizo una reforma y se adaptó a la nueva situación; Uruguay siguió mirando para atrás a ver cómo hacía para volver a la anterior situación. Hoy, seguimos siendo pastores y lo único que nos preocupa es eso. Al mismo tiempo, un informe acerca del uso de Internet, coloca a Nueva Zelanda primera en el mundo. Hoy, no sólo colocan leche, carne y demás, sino que también colocan cosas, productos, servicios, en Internet: eso es saber dónde están los caminos».

Mauricio Rosencof insistió paralelamente a la actualización tecnológica a un «cambio moral y ético». Detalló que si uno «observa lo que pasó en la calle, en los últimos seis meses: se planteó cualquier cosa, se dijo cualquier cosa, se votó cualquier cosa. Si no provocamos un cambio moral y ético a nivel de la gente no cambiamos nada; ni siquiera cambiaremos el discurso, ni la conducta, ni los acontecimientos». Priorizó así el «impulsar un cambio en ese aspecto».

Gonzalo Aguirre recordó así las palabras de Ortega y Gasset, cuando en la década de 1930 convocaba a nuestros vecinos a la consigna de: «Â¡argentinos, a las cosas!», entendiendo que había «mucho autobombo y poca realización». Para Aguirre, «los uruguayos estamos siempre discutiendo, de debate en debate, de controversia en controversia. No quiero un país en que todos pensemos igual, la diversidad es necesaria. Pero también es necesario que aprendamos a coincidir, a enfrentar los problemas y a resolver estos problemas».

Ignacio de Posadas coincidió, recordando que desde hace ya mucho tiempo «se toman decisiones que no son en favor de la eficiencia, sino tomadas por el Estado en función de cuotas de poder: eso perjudica directamente a todos aquellos que no tienen suficiente poder para torcerle la mano al Estado. Y eso llevó al Uruguay no sólo a la ineficiencia económica sino también social.

Por eso tenemos en Uruguay algo otrora impensable: la pobreza, la marginalidad, a niveles inhumanos. Y todo vuelve sobre lo mismo: el aislamiento, el crecimiento del Estado, la ineficiencia…

 

De lenguajes y esperas

El ingeniero E. Baliño apuntó así a la denominada «cultura organizacional». Definiéndolo como aquello que distingue a un grupo de otro, apuntó a los «comportamientos verbales» que distinguen a nuestra sociedad contemporánea. «Si no fuera porque….; lo que pasa es que….; basta que….. son comportamientos verbales adquiridos por casi todos los uruguayos, que relevan de responsabilidad al individuo. Si uno cambia ese léxico de la destrucción, por un léxico distinto: voy a…..; vamos a….; mañana voy a servir mejor a mis clientes…..; mañana voy a hacer esto distinto…. uno asume responsabilidades que le competen. Eso es avanzar, pero lo real es que esa cultura del porque no, se enquistó en nosotros».

Finalmente el senador Danilo Astori apuntó a la «apertura de espacios crecientes para impulsar el discurso del acuerdo. Esta sociedad está partida al medio, y está bravo convencer a cada una de las dos mitades que se escuchen. Ha habido contrastes, uno de ellos muy reciente, sobre los que hay que seguir incidiendo. Hay que tender puentes para abrirnos, apuntando a abrirnos hacia afuera».

Ironizó finalmente sobre algunas pautas desarrollistas, recordando el cuento del norteamericano que, de visita en Inglaterra, le pregunta a un local cuánto le costaría la tecnología para que el verdor de la campiña inglesa pudiera darse en Estados Unidos, en tanto quiere vender césped.

«No tiene que comprar nada», le dice el inglés, «solamente hay que regar todos los días, cortar cada 15 días, y esperar 500 años». *

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