Gallinal ni fu ni fau

La nota de setiembre decía: «Entre los distintos escenarios considerados por los capitostes colorado y blanco para noviembre 2004, se apuesta a uno basado en tres patas: sensación térmica positiva en la economía; la fabricación de una esperanza de progreso, concentrada en gruesas promesas de empleo y crecimiento; last but not least, la amenaza de fuertes quebrantos si triunfase la izquierda, desde económicos hasta institucionales».

Un aviso anterior reportaba que «Sanguinetti y Lacalle acordaron un plan secreto para evitar que la izquierda gane las elecciones, siguiendo un guión escrito en el exterior. La conjura, que considera incluso la posible remoción del presidente Batlle, ya ejecutó algunas etapas, como la salida de los ministros blancos. La próxima movida corresponde a Sanguinetti, que retirará el apoyo del Foro y, junto al cómplice herrerista, embolsará la irritación militar».

¿De qué irritación militar y amenaza de convulsión institucional se discurría, cuando ningún nubarrón asomaba entonces?. De las que podían fabricar si les favorecía. Y vaya si les conviene revolver el fango, para pescar en el río turbio con las redes del miedo. De los tres factores propicios antes mencionados es éste, sin duda, el más efectivo. ¿Quién podría ilusionar que renunciarán a utilizarlo?. Y qué fácil de producir para ellos, con todos los medios a mano, incluyendo la disposición de «los servicios». ¿O acaso no los van a poner a trabajar en la trascendente encrucijada que se avecina? En la pradera reseca de tanto perdón sin disculpas, de compromisos herméticos, de trabazones tortuosas, basta una chispa para provocar el incendio. Es en tal tablero de asechanzas que la conducción progresista debe examinar las movidas del arco adversario y adoptar las propias.

La destitución del ministro de Defensa que Gallinal sacó de la galera, por ejemplo, que recibió la adhesión instantánea, automática, de jerarcas frentistas… ¡Por amor de Dios! No es este un momento cualquiera sino uno excepcional, delicadísimo, el más temido por el núcleo conservador en la historia nacional. Más que el de 1972, cuando el pánico descompuso toda su apostura institucional, y sus vicarios más oscuros corrieron a golpear la puerta de los cuarteles. La historia se ha cansado de demostrar la truculencia de la reacción conservadora frente al peligro de perder su posición y sus rentas. La transición apacible que entronizó a Lagos o a Lula no es referencia importable a Uruguay, donde algunos escombros punzantes del muro de Berlín permanecen insepultos.

La movida de Gallinal no huele bien. No sólo por sorpresiva, ni por afanosa de protagonismo hacia la interna y el electorado. En su fundamentación, se empeñó en congraciarse con las Fuerzas Armadas, exonerándolas de toda responsabilidad institucional en la dictadura, a un grado en que nadie del espectro democrático lo había hecho hasta ahora. Y reprochando a Batlle una aplicación «errática» de la Ley de Caducidad. Por otro lado, la crónica no permite caracterizar a Gallinal como un abogado de los derechos agraviados por la impunidad.

¿Se puede afirmar hoy, con esos y otros datos, que Gallinal y esta movida suya forman parte del complot bicéfalo? No, a esta altura. Pero, como mínimo, merece la sospecha de la utilidad objetiva que puede prestar a los conjurados.

A nadie en el movimiento progresista, en su actual camino al gobierno, le hace falta derrocar hoy a Fau y un eventual conflicto de poderes entre el Ejecutivo y el Parlamento. No le significa absolutamente nada. Antes bien, abre un abanico de contingencias y distracciones -por decir lo menos- potencialmente perjudiciales, incluso sin llegar al campo minado por la conspiración.

Mejor imposible, como el famoso título, es la situación en que ha quedado el progresismo rumbo al gobierno, después del referéndum. Peor imposible, es la posición actual de los candidatos Sanguinetti y Lacalle. Su oficio actoral se extrema para disimularlo ante cámaras y auditorios, pero ninguna ecuación política les favorece. Además de enfrentarse a Vázquez tienen que competir entre sí y encima separarse del gobierno. Y todo ello desde su debilidad propia incluso antes del referéndum. En ese cuadro político, no pueden recaudar votos con la mejoría económica batllista. Sólo les queda recargar la apuesta en los dos otros factores: prometer un cielo luminoso si ganan y aterrorizar con el infierno que sobrevendrá si pierden contra Vázquez. ¿Con qué espantajos? Con la catástrofe económica y el fantasma de la confrontación cívico-militar.

Batlle quedó, por fuerza de los acontecimientos, a un lado del tablero donde Lacalle y Sanguinetti jugarán sus fichas. Pueden utilizarlo y hasta prescindir de él -hasta donde lo necesiten y él se deje- encorvado bajo la hipoteca que debió firmarles para alcanzar el podio. Al mismo tiempo, Batlle no es enteramente confiable para el precepto sanguinetista de «revisión cero», secundado por Lacalle. La iniciativa de Gallinal encaja a la perfección en los designios medulares del dúo dinámico, donde la cabeza de Fau no vale un cobre.

La marcha atrás de Gallinal refleja las tensiones del tablero descrito, mostrando una puntita reveladora de la tramoya que saldrá a escena, más allá del grado de conciencia o implicación de los figurantes.

Vázquez y su fuerza política pueden seguirles la corriente, confirmando el síndrome de cuadro chico que el propio Vázquez diagnosticó. O aprovechar la ocasión para recalcar y convencer de que se ceñirán a la Ley de Caducidad, que no intentarán revisarla, que ningún militar, policía o asimilado será acusado por delitos cometidos durante la dictadura. Como precavida defensa ante el temporal pronosticado, no estaría mal.

(*) Periodista

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje