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Alcides Edgardo Ghiggia: “Dejala ahí que ahí esta bien”

“Los hombres de la selección uruguaya de fútbol todavía no habían jugado la famosa final del cincuenta y ya estaban cansados de tanto perderla. Por las calles que rumbaban a Maracaná iban jóvenes y viejos, hombre y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos; todos juntos, todos unidos por la alegre coincidencia de ser brasileños el día que Brasil sería campeón del mundo” (Jorge Valdano,  La derrota más grande del mundo)

maracanazoPocos hombres son víctimas de su éxito de modo tan instantáneo y eterno a la vez.  Pocos hombres son tan famosos por amargarle la vida a 200 mil almas presentes y a 54 millones de personas ausentes, pegados a un receptor de radio, casi sin darse cuenta de lo que estaban haciendo. Porque cuando Alcides comenzó su carrera,  dejando parado como a una estaca al “jas” (lateral) izquierdo de Brasil no pensaba en el futuro, ni en el colosal silencio que sobrevendría 60 segundos después,  ni en la inmensa tristeza,  si contamos en portugués, que provocaría su descabellada acción, ni en que sobreviviría 65 años a ese día para recordarlo, una y otra vez,  hasta cuando no tenía ganas.

Sólo el lado poético de la leyenda, ajeno a toda racionalidad o lógica sirve para explicar la burbuja sobrecargada de emotividad que fue alimentando una historia que se agigantó a medida que se añejaba y sobre la cual han escrito cientos de periodistas,  analistas,  escritores, científicos sociales, y ahora yo.

Hoy Alcides decidió rajar,  dejarnos solos,  llevarse con él al último de los gestores de la gloria, apagar el cuento de su gol contado por su protagonista en vivo y en directo,  no dejarse ver más en las  conmemoraciones,  tal vez un poco cansado de ser héroe sin quererlo.

Hoy Alcides decidió no volver a pisar el suelo de Maracaná,  ese del cual se dice,  aún tiene las huellas de sus botines, marcando el pique que terminó en gol,  que todos recordamos como si hubiéramos estado ahí, y queY seguramente se repite en alguna dimensión del tiempo, todos los 16 de Julio a las 4:38 de la tarde.

Hoy Alcides decidió dejar de rememorar la cantidad de amagues,  fintas,  “tuyas y mías”,  moñas y dribblings perpetrados implacablemente al tal Bigode,  lateral  de la selección brasileña,   a quien el pueblo de Brasil no le permitió olvidar un mal momento, porque el mismo ocurrió en una final del mundo,  que ya había sido ganada por el locatario  antes de jugarla.

Hoy Alcides decidió no participar más de los programas deportivos donde los periodistas insistían en preguntarle lo mismo y en esperar que la respuesta fuera distinta,  mientras la gente escuchaba extasiada la palabra de un prócer vivo,  que se consideraba a sí mismo un humilde mortal

Hoy Alcides decidió definitivamente dejar la epopeya sin materialidad, sin su existencia, sin una porción de realidad que atestiguaba un día sí y otro también con su soplo vital que ese pasado épico fue cierto. Podremos comenzar a pensar que fue un sueño y soñarlo,  sin estar obligados a repetirlo en la vida real. O seguir sintiendo que todos los días tenemos ese compromiso.

Hoy  Alcides  decidió irse a no sé dónde. Los creyentes del más allá dicen que a juntarse con el resto de la barra que enmudeció Maracaná.  Me gustaría preguntarle ¿qué hago con las lágrimas?,  ¿qué hago con la emoción?,  ¿qué hago con el nudo en la garganta?  Y sobre todo,  ¿qué hago ahora con la historia? Estoy seguro que él me contestaría,  como a su compañero Míguez que le siguió reclamando el pase al medio,  luego del gol que nos hizo campeones. Me  diría, botija “dejala ahí, que ahí está bien”.

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