A falta de Marte buenos son gatos
Anoche subí a la azotea con intenciones de ver el planeta Marte de cerca. Subí con una linterna, no para hacerles señales a los marcianos, sino para no tropezar con cosas que andan rodando tiradas por el viento y que podían hacerme tropezar y caer en la vereda, ya sea sobre las inhóspitas baldosas rajadas por las agresivas raíces de los paraísos, ya sea sobre la cabeza de una indefensa vecina de regreso a su hogar viniendo del laburo o vaya a saber de qué aventura amorosa y clandestina. Antes la gente regresaba de su trabajo todos los días a la misma hora, pero hoy no hay hora de regreso, y llamate contento si tenés trabajo del cual regresar a casa. Subí pues a la azotea, por curiosidad, como casi siempre que uno sube. No tenía ninguna esperanza de que algún marciano, enterado también de nuestra momentánea cercanía, tuviera una linterna en la mano para hacerme señales de «aquí estamos también nosotros, hola». Yo no creo que por el solo hecho de que exista Marte, tengan que existir los marcianos. Y de existir, no hay ninguna prueba que nos permita asegurar que tienen linterna. Eso de que están más adelantados que nosotros, es pura paparrucha, chismes espaciales. Es muy posible que no hayan descubierto ni el farol a mantilla ni el maní con chocolate. Con eso te digo todo. El asunto fue que subí a la azotea con la linterna, y al mirar hacia arriba en busca del luminoso Marte, mi mirada se topó con unas nubes bajas y atormentadas que cubrían el cielo, o, mejor dicho, se interponían entre cielo y tierra, entre Marte y mi azotea. Yo sabía que la noche estaba nublada, pero suponía que la proximidad de Marte era tan grande, o tan chica, que se podría ver al menos el resplandor anaranjado que marcara su presencia. Porque según los especialistas en la materia, al estar tan cerquita Marte es visto, o se viste, color naranja. Ya eso, de por sí, era toda una novedad que no quería perderme, pero que la nubosidad se empeñó en negarme. Dispuesto a retirarme di un giro y con la linterna iluminé a un gato. Negro el gato, sentado, quieto, me miraba. «Hola, gato», le dije por pura cortesía. «Me está encandilando», me dijo el gato sin pestañear. Estuve a punto de decirle que me gustaba pescar gatos a la encandilada, pero no lo creí oportuno, amén de que difícilmente comprendiera la comparación por más que el gato tenga debilidad por el pescado. Al apagar la linterna el gato negro desapareció en la negra noche. «Si no lo ilumino no lo veo, y quisiera verlo», le dije sin saber si estaba. «Parece mentira escuché decir al gato a mis espaldas subió a ver al planeta Marte y ahora se conforma con ver a un gato. Debe ser usted un hombre feliz». Encendí la linterna pero ya no estaba. Bajé de la azotea pensando que no andaba falto de razón el gato. Subiré más seguido para ver si lo encuentro nuevamente, porque el tema me interesa. *
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