Un remate de alto vuelo
El viejo y querido remate, la subasta pública, el clásico «quién da más», se convierte así en el medio idóneo para vender las empresas públicas.
Claro que es una forma de venta no demasiado prestigiosa pues sugiere inmediatamente la idea de que el vendedor está en la lona (lo que en nuestro caso no está demasiado lejos de la realidad). Ya sea que uno haya resuelto desprenderse de sus bienes muebles enajenándolos a un precio menor que el del mercado, ya sea porque los acreedores no tienen otra manera de cobrar y ponen bandera de remate a sus bienes inmuebles, sea por la razón que sea, el hecho es que el remate tiene una innegable connotación de mishiadura, de situación límite, de solución in extremis.
Entonces, qué querés que te diga, a mí me da como una cierta vergüenza que el gobierno de mi país ice una enorme bandera bien visible para anunciar que el Estado está a la venta al mejor postor.
Me apresuro a aclarar que independientemente de la forma elegida –el remate–, me asombran la tozudez, la contumacia y la obcecación del elenco gobernante actual (y de los líderes políticos conservadores en general), que no cejan en su afán de obedecer a pie juntillas (o a piecillos juntos, como usted prefiera) las órdenes de privatizar contra viento y marea y contra lo que indica la experiencia.
Justamente en el caso de la reciente subasta (con martillo y todo; sólo faltó algún grupí), el grupo que se adjudicó la concesión por haber ofertado la cifra más alta tiene vasta experiencia en gestión de terminales aéreas. Como que son los mismos que regentean los aeropuertos argentinos vendidos por Menem.
¿Y qué indica esa experiencia? Pues que el consorcio explotador de Ezeiza y Aeroparque y ganador de Carrasco no se ha destacado precisamente por el cumplimiento de sus obligaciones contractuales. Ya está atrasado en el pago del canon pactado (sólo pagó el primer año; después, minga); y de las inversiones que se comprometió a hacer, no cumplió ni la mitad. Por otra parte, el capo, el principal de la empresa, está procesado (y en libertad bajo fianza) por evasión fiscal. ¿Y por qué dejó de pagar el canon y no realizó las inversiones pactadas? Pues sencillamente porque bajaron las ganancias como consecuencia de la devalueta del año pasado en Argentina… Claro, para la lógica privada –que no se mueve por otro objetivo que no sea el afán de lucro– lo que no da las ganancias esperadas no sirve.
No se entiende, por tanto, la exultante algarabía gubernamental. ¿Será por haber obtenido más del doble del precio base o porque se logró algo más del cincuenta por ciento sobre lo que se esperaba?
Sea como sea, el optimismo oficial tiene mucho de pueril o de irresponsable, porque a cambio de treinta y cuatro palos verdes y de un canon de dos y medio (cuyo cobro puntual es por demás vidrioso dados los antecedentes de estos piratas posmodernos), el gobierno ha hipotecado el futuro del aeropuerto.
¿Por qué razón hemos de creer que se harán las inversiones prometidas? ¿Por qué razón debemos suponer que se crearán más fuentes de trabajo?
Según el cronograma de la concesión, la empresa deberá realizar, en un plazo de poco más de cinco años, las obras de modernización de la terminal, lo que supone una inversión de alrededor de setenta millones de dólares. Y la lógica más elemental sugiere la pregunta siguiente: ¿No está en condiciones el Estado uruguayo de invertir un promedio anual de catorce palos verdes (setenta en cinco años) para remodelar y modernizar el aeropuerto y beneficiarse así con las ganancias que serán ahora para la empresa ganadora?
O están locos de remate o son locos por los remates.
Más bien son una manga de vivillos irresponsables que no reparan en lo caros que van a resultarnos esos treinta y cuatro millones de dólares por los que hasta brindaron con champagne.
Una vez más, el gobierno que tenemos –integrado por frívolos, timoratos y aprovechadores– me recuerda el de Luis XV, unos años antes de la Revolución de 1789, cuando la mentalidad de la clase gobernante se manifestaba y resumía en la célebre expresión «après nous, le déluge» (después de nosotros, que venga el diluvio).
Vivimos el presente, y el futuro no nos incumbe, parece ser la consigna de estos gobernantes tilingos. *
(*)Periodista
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