Las hormigas políticas

Y así va el país. Empujado por la ruidosa y sacudidora estrategia de los trabajadores de Salud Pública, más o menos consentida por los médicos, que van y vienen a puro amague, y excitada por la cordialidad de aquel Atchugarry que se fue, los desatinos de este Bonilla que se ha quedado y la impenetrabilidad del Alfie que aterrizó recién, asemeja una pareja de bailarines borrachos que va hacia unas colisiones impredecibles. Quiero decir: choques que pueden dar risa al cabo de unos magullones sin importancia o pueden causar heridas serias, graves, en una de esas no sanables.

Hay una primera interrogación necesaria: ¿por qué, si les es posible hasta adivinar cada respuesta que obtienen del gobierno, incluso sabiendo que detrás de ellos pueden aparecer otros y la Rendición de Cuentas ha sido cerrada a cal y canto, estos trabajadores han decidido continuar con una movilización radical que puede empujarles a un callejón sin salida?

Ah, sencillo. Porque los astutos  y pido excusas a causa de la poco compasiva ironía  representantes de los ministerios de Economía y de Salud Pública les dijeron primero «cero», más tarde «cuatrocientos o quinientos» y después, cual si fuese por arte de birlibirloque, llegaron a «mil doscientos». ¿Quién les quita a los trabajadores la idea de que presionando un poco más a éstos, sus tan inteligentes interlocutores, se estirará el folclórico milagro para llegar a los dos mil pesos que pidieron desde el principio?

Ahora bien, hay otros aspectos acerca de los cuales reflexionar.

Si la gente de Salud Pública cobra sueldos indignos, si los policías, los maestros o los funcionarios del Edificio Libertad ganan unas miserias y si, al mismo tiempo, los empleados de los bancos oficiales, de los entes autónomos y del solemne Parlamento perciben salarios respetables, ¿de quién es la culpa? ¿Dónde se oculta el irresponsable que ha consagrado semejante injusticia, según la cual un portero del República, un ascensorista de Ancap o un administrativo del Palacio Legislativo son tratados económicamente mejor, pero muchísimo mejor, que un docente, un agente de seguridad o un encargado de despacho de la propia Presidencia de la República? Es frecuente oír una respuesta: el Estado.

Qué disparate.

El Estado  salvo desde un punto de vista muy simplista, que ni vale la pena analizar  no es a estos efectos otra cosa que una entelequia o un eufemismo. Culparlo sería como decir que quienes metimos la pata hemos sido usted, lector, y yo. O todos los sufridos ciudadanos que, por algún pecado original insondable, están siendo acribillados por una carga tributaria excesiva. No, no. El gran culpable es el sistema político, incapaz de unir sus ideas y su acción para corregir un sistema de remuneraciones absurdo, basado en la iniquidad, que ofende al sentido común.

Vea usted, mi amigo: no hay gobierno que pueda, por sí solo, arreglar tamaño entuerto de décadas. Se necesita el respaldo de una mayoría parlamentaria  y sería preferible decir un consenso, preciso, enfático  para cambiar estas cosas. Si aparecen los votos, aparecerá la solución. Que, me apresuro a decir, no es otra que repartir con sensatez, equitativamente, la poca plata que hay. Ni un maestro ni un médico pueden ganar menos que un chofer o un ascensorista. ¿O alguien se halla dispuesto a postular el delirio, la barrabasada de añadir nuevos impuestos que escarben los rajados bolsillos, incluyendo el trasero, aquel que duele más, de los contribuyentes? Uno tiene la impresión que los políticos  toditos ellos, porque esto sí que es muy democrático  están demasiado habituados a ciertas maravillas de la compensación. Las cosas se arreglan solas, como por inercia, aunque sea a la larga. Total, siempre ha pasado lo mismo. Es algo así como cuando uno tiene un objeto conocido en la mano, frente a sus ojos, y lo mueve de un lado a otro, lo acerca o aleja y, no obstante, el objeto conserva siempre sus características familiares, en fin, la misma forma. Pero para que eso ocurra, el aparato de percepción óptica de uno ha hecho complicadas operaciones estereométricas de compensación. ¿Y uno? Nada, quieto, manso. Se ha acostumbrado a ellas y no se asombra ni se inquieta. ¡Si hay alguien, o algo, que lo deja todo en su lugar! Entonces, ¿a qué carajo hacerse mala sangre?

Cuidado, muchachos. Esto va de mal en peor. La pulseada ha llegado a un punto extremo. También el sistema político en su conjunto  y digo quienes ahora suponen que tienen el sartén por el mango y quienes están persuadidos que lo tendrán en poco tiempo  puede verse metido en un lío del que salga malherido.

Qué sé yo. La ciencia ha demostrado que hay especies que demoran mucho en tomar la decisión correcta. Las hormigas, por ejemplo, tienen que haber observado durante tres horas como mínimo la marcha del sol antes de que entre en funcionamiento su aparato calculador, que utilizan para la orden de «dar la vuelta».

Ultimamente, todas las noches, en mis plegarias tengo presente a los políticos uruguayos. Ruego con fervor quizás digno de mejor causa que ninguna misteriosa, inexplicable y perversa razón genética los haya convertido en hormigas. *

(*) Periodista

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