Pescando pecados

Onetti, el arzobispo y la merluza negra

Los mares se encrespan, a agitan, se embravecen, elevan sus olas cual líquidas montañas que se derrumban y vuelven a crecer, se arman y deshacen cumbres y abismos insondables, y surcando esas aguas, invencible, inalcanzable, va el «Viarsa». Hunde su proa como queriendo bucear en la profundidad del océano y regresa, eleva la nariz y se sienta en la popa como para volar, queda un instante detenido en el aire, respira y retoma el contacto con el mar que ruge de impotencia. El «Viarsa» va. Olas de diez, quince, veinte y treinta metros lo sacuden, lo quieren humillar en complicidad con vientos de 150 kilómetro por hora que lo azotan inclementes. Su cubierta es barrida por el oleaje que estalla contra su estructura que cruje y resiste los embates. Un tifón se acerca, lo toma, lo enrolla, lo hace rolar como a un muñeco pero el barco no se entrega, lo muerde al viento, lo cachetea, lo desprecia y el tifón, dibujando en el aire salitrado la deformada imagen acusadora del obispo Cotugno, se aleja avergonzado por su fracaso. El viento se calma, el mar se aquieta, y en medio de la inmensidad oceánica, el «Viarsa», va. ¿Qué es ese objeto diabólico que cruza los mares y los hielos y los vence durante días y noches interminables? ¿Es acaso un super crucero, un transatlántico, un porta aviones de la escuadra más poderosa del mundo preparando otra invasión? No señoras y señores, es apenas un barco pesquero pirata. En las entrañas de sus bodegas, lleva un tesoro de incalculable valor: Merluza Negra. La marina de veinte países se puso en movimiento, zarparon naves de guerra de todos los puertos para perseguir al «Viarsa». Uno, aquí, debe reconocer, no sin algún rubor pecaminoso, que tiene cierta simpatía por el pesquero que va eludiendo el cerco de los poderosos buques que quieren darle caza. Deben ser influencias de las viejas lecturas de Sandokan. Y, sin duda, debe pesar el hecho de que en su palo mayor flamee la bandera de Uruguay, de este Uruguay tan pirateado ayer como hoy. Uno reconoce ser un poquito rencoroso y vengativo, y se apoya en el «Viarsa» que aún va.

 

En Montevideo, en tierra firme y con el grito en el cielo, el obispo Cotugno tiene problema con el sexo, no ya de la merluza negra, sino el sexo del ser humano, o medio humano según su criterio ya que considera la homosexualidad algo bestial. Dice que es una enfermedad contagiosa, como el bostezo. Parece ser que si un homosexual le estornuda en la cara, o lo mira con un ojo solo, o le mueve la oreja en forma sensual y provocativa, uno entra en confusión y puede llegar a enamorarse de su propio cuñado destruyendo la paz de un hogar que, hasta ese momento, era un ejemplo de sexualidad reproductora. Es muy posible, digo yo con el mayor respeto, que el prelado Cotugno tenga sus propios problemas sexuales. ¿Quién no tiene sus cositas por ahí, ya sean de machismos mal organizados o apetitos no confesados? Es indudable que el arzobispo tiene sexo. No es necesario que lo muestre, no faltaba más, pero que lo tiene lo tiene. Y debe ser el original, porque un arzobispo no ha de permitirse ningún tipo de reforma operación o retoque. Retoque menos que menos. Hace pocos años, los obispos de España opinaron sobre la sexualidad de los jóvenes y en contra del uso del condón, lo que motivó que nuestro escritor Juan Carlos Onetti le dedicara una breve nota que tituló: «De obispos y condones». Y decía entonces Onetti: «Mucho me llama la atención que los señores obispos no hayan publicado ni una línea sobre el planteo mental que exige la fusión en frío. Debo pensar que se trata de un terreno del que ellos lo ignoran todo. Yo también. Pero veo desconcertado que sí opinan sobre otras actividades humanas de las que, indudablemente, lo ignoran todo. Se trata de esta cómica guerra o guerrilla que están desarrollando de manera muy poco inteligente contra los condones y la sexualidad adolescente. Estoy seguro de que jamás ninguno de ellos – Dios no lo permita   haya roto nunca su voto de castidad. En consecuencia, para ellos la sexualidad es una tierra incógnita de la cual sólo habrán tenido atisbos al leer el Viejo Testamento. Pero es indudable que estas lecturas no pueden haberles dado experiencia suficiente como para opinar sobre lo que siguen ignorando de manera absoluta. Por tanto, lo digo con lástima, jamás pudieron disfrutar de la sexualidad, que es, repito, la más bella compensación que se nos ha dispensado para paliar la angustia de la muerte inevitable. Que Dios les perdone por el desprecio a esta ofrenda».

Mientras tanto, pese a todo, el «Viarsa» va, la merluza negra va, y el sexo…el sexo, afortunadamente, viene y va. *

(*) Humorista

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