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Marcha del silencio: "no es necesario enterrar el pasado y olvidarlo para ir hacia adelante"

"Yo fui miembro de las dos comisiones que organizaron los dos plebiscitos, y los perdimos por muy poco. Y seguiría perdiéndolos un millón de veces. Porque yo no creo que valga la pena vivir para ganar, creo que vale la pena vivir para hacer lo que la conciencia te dicte que debes hacer, y no lo que te conviene. Y esto vale para todo: para la política, para la vida, para el amor, para el fútbol” (Eduardo Galeano)

Rosa de Berlín

Berlín,  Enero 1989.  Un grupo de uruguayos,  termo y mate infaltable,  recorríamos las calles de la ciudad rodeados de una inmensa cantidad de ciudadanos alemanes y de visitantes de todo el mundo.  Es la marcha que todos los años en esta fecha recuerda a Rosa Luxemburgo,  asesinada en la segunda década del siglo XX por el aparato policíaco militar alemán,  a los que educaban para odiar a los luchadores obreros. De otra forma no es posible comprender el culatazo que, con su rifle, un muy “valeroso”  soldado le propinó en la cabeza a una señora que medía 1,50 de estatura,  tenía casi  50 años,  y una discapacidad que le impedía caminar normalmente desde su infancia. Rosa cayó al suelo.  Su cabeza sangraba cuando un segundo culatazo,  del mismo y “tan valiente” soldado, la dejo inconsciente.  Era la noche del 15 de Enero de 1919.  No encontraron los restos de Rosa hasta el mes de mayo, casi irreconocible,  flotando en el canal.  Al menos,  ella si tiene una tumba.

La patraña y la verdad

Algo de ese  odio a la clase trabajadora y a los militantes progresistas es lo que alimentó  a los líderes de la impunidad en Uruguay,  a los grandes dirigentes promotores del olvido,  generadores de opinión  en contra de la verdad y de la justicia.  Esos que inventaron la teoría de los dos demonios y mintieron descaradamente cuando necesitaron  catalogar de guerra  a las violaciones de los DDHH ocurridas durante la dictadura,  cayendo una y otra vez en falacias de falsa oposición  y en deshonestidad intelectual.

En  primer lugar, porque no es necesario  enterrar el pasado, olvidarlo,  promover la injusticia,  para ir hacia adelante.  La verdad no provoca estancamiento. La reconciliación  no es hija del ocultamiento de los hechos,  aunque ellos sean aberrantes.  Esta es una visión a contramano de la historia.  Los juicios de Núremberg a los criminales nazis,  el descubrimiento y difusión al mundo entero de lo ocurrido  en los campos de concentración y la búsqueda incesante de los seres queridos acabada la segunda guerra mundial,   son muestran incontrastables de que la verdad es el impulso más saludable,  hacia el futuro.

En segundo lugar, porque  no hubo tal guerra en nuestro país.  En 1972 las FFAA  uruguayas declararon públicamente su triunfo sobre la guerrilla.  Salvo que los líderes de la impunidad entiendan por “guerra”:  secuestro de ciudadanos desarmados de sus domicilios por efectivos  militares ,  plantón,  picana,  submarino,  colgada,  tormentos físicos,  violencia desatada por especialistas entrenados para torturar,  asesinatos y desapariciones.

Ni los dirigentes políticos durante la Concertación Nacional Programática en 1984,  ni los legisladores durante la redacción de la amnistía a los presos políticos en 1985 utilizaron el concepto de guerra para describir esos hechos.  Esto es, porque todos sabían que se trató del más cruel,  atropellador y dañino Terrorismo de Estado.

La historia patética que también formó parte del cuerpo argumental de la impunidad, fue la probable inestabilidad que provocaría el juicio a los militares acusados de delitos de lesa humanidad,  agitando el “cuco” del golpe de estado.  En ese momento surgía entonces de modo contundente el verdadero temor de los ideólogos de la maldita ley: habría suficiente cantidad de pruebas para juzgar a los torturadores,  secuestradores y asesinos de las FFAA, de lo contrario sería inútil e innecesario  inventar una ley para atar de manos a la justicia.  Y posteriormente,  la vida  se encargó de demostrar el resto de la patraña,  cuando un gobierno que sí buscó caminos, a pesar de la “caducidad de la pretensión punitiva del estado”,  se propuso y logró juzgar y encarcelar a varios de los más abyectos líderes y ejecutores de las violaciones a los DDHH.

Los porfiados y el tiempo

El próximo 20 de Mayo los ciudadanos que  ayudamos a construir  día a día este país,  con entusiasmo,  sin estancarnos por recordar el pasado,  sin detener la marcha  para reivindicar verdad,  con el mismo impulso que salimos a trabajar todos los días,  con la misma energía y optimismo con la que  aplaudimos nuestros  aciertos y señalamos duramente nuestros errores,  estaremos una vez más allí,  en la Marcha del Silencio,  por  vigésima vez,  para seguir preguntando,  ¿Dónde están?

Como no reconocer en el ADN, de aquella movilización histórica de Berlín,  y de ésta marcha silenciosa y reclamante de Montevideo, las mismas fuentes de la dignidad humana,  el mismo respeto a valores irrenunciables  y la misma conciencia tenaz y responsable, que al decir Galeano,  no tiene nada que ver con ganar y perder.

Volveremos a sorprendernos de encontrar tantas caras jóvenes, tanto gurí,  tanta gurisa que aún no había nacido, cuando salimos por primera vez en 1995.  Y a contagiarnos en un proceso que nos retroalimenta,  donde  nosotros entregamos una  posta cargada de entrañables ideas, y hoy recibimos,  a su manera y a su modo el  protagonismo de estos adolescentes,  que sin solemnidades hace brillar esta marcha.  Una señal impresionante de la fuerza vital que tiene  este recuerdo y del carácter profundamente civilizado de este reclamo,  que  porfiado seguirá preguntando, preguntando y preguntando.

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