Los consejos del FMI y el realismo político
Mis queridos hermanos pobres, no se imaginan cuánto me duele anunciarles que en los próximos años van a tener que desembolsar un toco de guita para pagar intereses. Algo así como setecientos palos verdes para el segundo año del gobierno que ustedes elegirán a fines del que viene. Pero no se inquieten, hermanitos, nada hay de que alarmarse: si se portan bien y siguen mis sabios consejos, podrán afrontar los pagos y salir adelante», es, palabras más, palabras menos, el mensaje del FMI.
Tanto amor –que ya casi es paterno– me recordó a Martín Fierro: «Un padre que da consejos más que padre es un amigo» dice el héroe hernandiano a sus hijos. A mí, la verdad, que me conmueve cómo el FMI –un verdadero hermano mayor, padre y amigo– nos sugiere los medios de pagar sin caer en default. Un paquete de medidas que incluyen apertura del sector público, desregulación laboral, segunda reforma de la seguridad social, reestructura del BROU y algunas más.
El razonamiento es muy sencillo. Cualquier hijo de vecino que se endeuda y no puede pagar no tiene otra alternativa que enajenar su patrimonio, es decir vender sus pertenencias, que pueden ser muebles, alhajas, auto o casa, según el monto de lo adeudado.
Pues bien, que el país haga otro tanto: que venda las empresas estatales. Pero como con eso no alcanza, hay que achicar los sueldos, minimizar los gastos de seguridad social, eliminar los privilegios de que gozan los asalariados (sobre todo los públicos) y hacer laburar a la gente «hasta que digan nones un día los riñones».
Es un dilema de hierro: o hacemos los que nos manda el gran patrón, o estamos jodidos.
Pero más que el sombrío vaticinio del FMI y sus «soluciones» para que el futuro se vuelva venturoso, lo que me alarma es que ese discurso va ganando terreno peligrosamente aun entre quienes saben perfectamente bien que las supuestas soluciones no son tales y que sin embargo las aceptan, como una fatalidad, en nombre del realismo.
Me preocupa cómo ha venido ganando prestigio ese «realismo» en cuyo nombre se acepta como ineluctable algo que no lo es y que desemboca en la resignación.
Es así que la fidelidad a ciertos principios y la coherencia ideológico-programática son denostadas y denunciadas como falta de realismo político.
La gente sensata y llena de cordura, los hombres realistas y pragmáticos, los que miran a los utópicos con desdén más o menos indulgente, se han convertido hoy en el triste paradigma del hombre nuevo. ¡Qué lejos quedó aquella hermosa consigna del Mayo francés «seamos realistas, pidamos lo imposible»! Hoy la política se limita a ser el arte de lo posible y el posibilismo emerge triunfante.
Lentamente, subrepticiamente, los ideólogos del neoliberalismo van logrando entronizar el sentido común. «Lo dice el sentido común», nos espetan muy sueltos de cuerpo como para dar por finalizada cualquier discusión. Saben –pero lo soslayan cuidadosamente– que el sentido común es el responsable de grandes macanas y calamidades como el rechazo de la esfericidad de la Tierra o la defensa del geocentrismo. Y muchas veces logran que uno se incline, reverente, ante ese dios, olvidando que el common sense es por esencia reaccionario, conservador, entorpece el verdadero progreso, se opone al avance de la ciencia y condensa lo peor de la sabiduría popular.
El sentido común habría aconsejado a Artigas no enfrentar a los españoles en Las Piedras, por ejemplo; habría desestimulado a Fidel Castro a intentar el asalto del Moncada. El sentido común y el realismo político llevaron a Larrañaga y a Rivera –entre otros– a aceptar la sumisión a Portugal primero y al Imperio del Brasil después.
En nombre del realismo se pactó una salida cojitranca de la dictadura, aceptando condiciones inaceptables impuestas por los motineros. «Dialogar es transar», escribió Carlos Quijano en 1984. «Si transamos con la dictadura, seguiremos siendo sus prisioneros». Vaya si acertó, que casi veinte años después seguimos prisioneros de la impunidad.
Entonces, a los cantos de sirena del posibilismo, habría que oponer la intransigencia. Esa postura profundamente ética enarbolada por los locos e insensatos como Leandro Alem: «Nunca he participado de esta idea de que en política se hace lo que se puede y no lo que se quiere. Para mí hay una tercera fórmula, que es la verdadera: en política, como en todo, se hace lo que se debe, y cuando lo que se puede hacer es malo, ¡no se hace nada!».
No vendría nada mal un poco de audacia y –por qué no– de locura, para sacudir la insoportable cordura que hoy campea y que nos induce a hacer, sumisos, sólo lo que los enemigos consideran posible.
Como decía León Felipe, todo el mundo está monstruosamente cuerdo. Y temo que esa cordura –que tal vez no sea más que la «terrible cordura del idiota»– termine por contaminarnos definitivamente y todos nos resignemos a que nada se puede.
(*)Periodista
Compartí tu opinión con toda la comunidad