Cuando el frío mata
Tenía 47 años y dos hijos. Desde hacía un año y medio, tal vez dos, vivía a la intemperie. Dormía en la calle, donde lo agarrara la noche. Mitigaba el frío con un trago de vino tinto. Su cama estaba hecha de cartones y restos de frazadas. Su almohada era un pedazo de polifón. Cuidaba coches en la Aduana. «Ironías del destino» dirán los fatalistas, «la crueldad de la vida» sentenciarán los pragmáticos. Lo cierto es que Julio fue encontrado muerto en la mañana del jueves, en las intersecciones de Guaraní y Maciel, frente al hospital homónimo.
Dionisio, dueño de la almacén ubicada en esa esquina, fue quien encontró su cuerpo. Eran cerca de las ocho horas y el sol despuntaba en la fría mañana invernal después de varios días de aguacero. El comerciante se dispuso a abrir el almacén y le dijo a Julio que se corriera, que obstaculizaba el paso de los clientes. La rutina diaria consistía en que, tras el pedido, Julio se leventaba, agarraba lo poco que tenía y se corría. Dejaba sus pertenencias en la esquina de enfrente y se disponía a cuidar coches. Pero esta vez, el silencio del hombre y la posición de su cuerpo, dejaron entrever que algo no estaba bien.
«El dormía por acá, generalmente en la vereda del almacén o en la otra esquina. En los últimos tiempos estaba como entregado, no tenía ganas de vivir. Los últimos dos días los pasó mojado. Era muy querido entre los vecinos. Incluso, una vecina intentó ayudarlo, llevarlo a un refugio nocturno hasta que pasara el invierno pero él se opuso», señaló el comerciante.
Julio era reticente a hablar sobre su vida pasada. Alguna vez, cuando el cerco se rompía, soltaba algunos datos ocultos en su memoria. Según sus propias confesiones había cumplido 47 años el 20 de febrero pasado, tenía dos hijos y era jubilado de la Marina.
Decía que había sufrido un accidente de tránsito –las dificultades al caminar hacían verosímil el relato–, y que, luego de la internación y un tratamiento incompleto, al volver a su casa, su mujer no lo dejó entrar. Tampoco ver a sus hijos. Barranca abajo, se entregó a la calle.
«Al comienzo marchaba bien, hacía algún peso que le daba para comer y comprarse un poco de vino. Después, cuando empezaron a bajar las propinas, solamente le alcanzaba para la bebida», recuerda Dionisio.
Los nuevos excluidos
El final de Julio puso sobre el tapete una postal cada vez más frecuente en Montevideo. Cientos de personas, familias enteras, sobreviven a la intemperie. De hecho, cerca de un millar de personas en esta situación se acogieron al Plan Invierno 2003. No es difícil encontrarse con los «nuevos nómades» entre cartones y algunos trapos viejos que ofician de frazadas. Algunos cargan con ollas y calderas marcadas a fuego por el hollín.
Lo cierto es que, crisis mediante, el número de indigentes ha crecido sustancialmente en los últimos años. Se dirá que excluidos y marginados hubo siempre. Es cierto. Incluso en la época de vacas gordas, de la Suiza de América o de la tacita de Plata. Pero hay un detalle. Ya no se trata de excluidos por decisión propia. La gran mayoría fueron empujados a esa situación, por cierto, no deseada.
Las cifras y estadísticas no dejan lugar a dudas. Según datos oficiales, el índice de desempleo se situó en el 17.8 en el último trimestre. El trabajo parece haberse convertido en el bien más preciado. El jueves, el mismo día que fallecía Julio, unas cuarenta mil personas se hicieron presentes en la parroquia de San Cayetano. La mayoría en busca de un milagro. Conseguir un empleo. *
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