Guerra al alcohol

Nadie se había dado cuenta de que la ingesta de bebidas espirituosas era mucho peor para nuestra economía que la caída de las bolsas, la devaluación brasileña, la epidemia de aftosa y la crisis argentina. No habíamos caído en la cuenta de que todos nuestros males provienen del beberaje; que ahí está el origen de nuestras desdichas.

El aumento del desempleo, por ejemplo, se debe a que cada vez son más los trabajadores que en vez de ir al laburo se quedan pegados al estaño. La crisis bancaria está directamente vinculada con las curdas vergonzosas que se agarraban los ahorristas irresponsables, quienes, cegados por el licor bebido impunemente por las callejuelas de la Ciudad Vieja, eran capaces de invertir en cualquier negocio ruinoso; si estarían ya en pleno delirium tremens que hasta veían Caimanes en la Isla de Flores…

Ahora se acabó: no más alcohol en la vía pública. Yo confieso que me habría gustado que se implantara directamente la ley seca: ni en la vía pública ni en vía la privada. De ese modo imitaríamos el luminoso ejemplo de EEUU y podríamos superar la crisis además de contar con buenas mafias al estilo Chicago de los años locos. Sí, aquellos años dorados en que la onda expansiva puritana llegaba a estos lares y el Ejército de Salvación entonaba un himno que exaltaba las virtudes de la abstinencia: «Viva el agua, muera el vino./ Viva el líquido precioso /que se sirve primoroso/ en la mesa de mi hogar./ Bebo mucho y no me embriago…» proclamaba sobre una melodía en el estilo de la marcha de la Vuelta Ciclista.

Pero bueno, por ahora nos contentamos con salvaguardar la paz pública y mejorar la calidad de vida y la seguridad de los uruguayos. Claro que no pensaron en la calidad de vida de aquel que a las doce y media de la noche, en pleno asado, advierte que se agotaron las reservas de tinto (mas no la sed de los comensales), va a reponer el stock para terminar la noche y en el Fast Mart de la estación de servicio se niegan a venderle una damajuanita de tres litros.

Tampoco se entiende bien qué seguridad sentirá el montevideano que en las tardecitas de verano acostumbra sacar la silla a la vereda y tomarse una copita al fresco mientras dialoga con los vecinos, cuando un guardiacivil vacíe el contenido contra el cordón.

Y en las reuniones de confraternidad partidaria que suelen celebrarse en Cambadu, por ejemplo, de cuyo carácter público nadie puede dudar, ¿qué beberán los dirigentes y caudillos entre discursos y abrazos? ¿Con qué acompañarán los choripanes los fervorosos militantes?

En fin, son preguntas que uno se hace y que los legisladores deberán responder con responsabilidad (valga la redundancia) y estudiar concienzudamente las excepciones y salvedades a la norma.

Ahora hablando en serio, yo sospecho que esta cruzada puritana es la respuesta gubernamental al reclamo de esa mentalidad pequeño burguesa que odia todo tipo de transgresión y contra la que dispara sus dardos Georges Brassens («a la gente le sienta mal que haya un camino personal»).

Entre las cosas que molestan a «la gente» se encuentran en lugar privilegiado los jóvenes. Me apresuro a aclarar  no sea cosa que surjan alarmadas voces condenándome por estimular conductas disolventes  que a mí también me disgusta  y me preocupa  ver las barras de adolescentes chupando cerveza o vino en una esquina; y que yo también soy presa de cierta alarma cuando alguno me espeta «Flaco, ¿un peso pa’l vino?». Pero todo eso me disgusta, me preocupa y me duele porque es síntoma inocultable de un mal social: entre las muchas exclusiones causadas por un modelo perverso y por una sociedad enferma cabe mencionar a los jóvenes.

Molestan incluso aunque no beban; molestan con sus atuendos, sus risotadas y su música estridente; molestan igual que los niños que lavan parabrisas o hacen malabares en los cruces; molestan como los carritos de hurgadores. Molestan porque nos recuerdan que las cosas no andan bien.

No es ninguna novedad afirmar que los jóvenes no tienen un lugar, que los valores y las metas que el modelo les ofrece son una reverenda porquería. ¿Cómo no explicarse, entonces, que busquen una salida por medio del alcohol o las drogas? Es una de las formas que tienen de decirnos que nuestras propuestas no les gustan; porque con la Tarjeta Joven no alcanza para resolver su problemática.

Entonces no está mal que las autoridades tomen medidas; pero es hora de que todos nos pongamos a reflexionar sobre el asunto sin estigmatizarlos.

Para terminar, y para redimir al vino, vayan estos versos de Borges: «¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa/Conjunción de los astros, en qué secreto día/Que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa/Y singular idea de inventar la alegría?/Con otoños de oro la inventaron.

El vino/Fluye rojo a lo largo de las generaciones/Como el río del tiempo y en el arduo camino/Nos prodiga su música, su fuego y sus leones./En la noche de júbilo o en la jornada adversa/Exalta la alegría o mitiga el espanto (…)»

¿Nos tomamos la del estribo?

(*) Periodista

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