Los recientes embates de la litofacialidad

Por el año 20 del siglo pasado, Washington Beltrán escribió un célebre editorial en El País titulado «Â¡Qué tupé!» en el que acusaba a Batlle y Ordóñez de caradurismo, lo que le valió la muerte a manos del líder colorado en un recordado duelo. Como los tiempos han cambiado, espero no correr el mismo riesgo y paso a comentar actitudes y afirmaciones falsas o tergiversadas dichas con un rostro verdaderamente pétreo.

Una de ellas es la campaña difamatoria e injuriosa lanzada sin pudor alguno contra el conductor del EP-FA. Ahora se lo acusa (bueno, en realidad la acusación fue desempolvada a falta de otra mejor a pesar de la terminante réplica de Vázquez a la especie inventada por Millor en su momento), se lo acusa, decía, de colaboracionista de la dictadura: que dónde estaba el 9 de julio del 73, que mantuvo sus cargos oficiales, que nunca estuvo en cana, que mandó un telegrama de felicitación a Alvarez. Dejando de lado la inmoralidad del vil recurso de la insidia, la diatriba forista resulta casi risible: que desde el sector que cuenta con más civiles colaboracionistas se lance una acusación de ese tipo es de un tupé sin parangón. Hay que tener rostro, ¿no?

Pero la litofacialidad no se agota en este asunto. Hay que ver cómo se las apañan los defensores de la Ley de Ancap con recursos especialmente litofaciales. En las notas editoriales del diario El País la ley en cuestión dejó de llamarse de asociación de Ancap con privados para ser la Ley de Salvataje de Ancap (sic). ¿Quién se animaría a promover la derogación de una ley votada para salvar a una empresa pública? Y eso no es todo: el referéndum ya no es un recurso para derogar la ley sino directamente un plebiscito contra Ancap (¡sic!). ¡Qué tupé!

Y la cosa no para en Ancap: se extiende al agua, a la OSE y a Uragua. El editorial del jueves del otro matutino  El Observador  se ocupa del fracaso de la gestión privada de saneamiento y agua corriente en Maldonado, y dice lo siguiente: «Encontrar recursos fuera del sector público es claramente la única alternativa al deterioro de esos servicios en Maldonado». Es la inveterada costumbre de dar por sentado ciertas cosas que en rigor son más que discutibles; presentar como verdades axiomáticas premisas que exigen demostración. Además, no se pregunta por qué se llegó a ese deterioro. ¿Será por obra y gracia del efecto tequila, o la culpa la tienen el dengue, la aftosa y el sindicato de OSE?

Un poco más adelante, el editorialista intenta una explicación de por qué OSE no debe hacerse cargo de los servicios en Maldonado: «Ni el gobierno ni OSE disponen de fondos para completar las inversiones por U$S 140 millones previstas para saneamiento y suministro de agua potable al departamento. Esto significa que si OSE reemplaza a Uragua, como parece ser la tendencia en parte de la estructura estatal, caerá inevitablemente la calidad de los servicios». Y uno se pregunta: ¿Caerá más aun de lo que la propia Uragua la hizo caer, cuando Piriápolis se quedó sin agua en plena temporada o cuando de los grifos de todo Maldonado el agua salía color caca? No hay 140 palos verdes para invertir en OSE pero hubo algunos más  no unos cientos más sino unos cuantos miles  para salvar al sistema financiero. Una faz de granito puro.

Dejo para el final, como frutilla de esta torta litofacial, el frenesí pachecófilo que ha ganado a la derecha política. Se suceden los homenajes merced a los cuales nos enteramos de las condiciones de demócrata cabal que caracterizaron a este hombre y que por alguna misteriosa razón permanecieron ocultas hasta ahora. También nos fue revelado  nada menos que por el primer mandatario  el dominio del idioma de que Pacheco hacía gala. Es una lástima que durante su mandato no haya exhibido esa preciosa condición; se ve que además de todas las virtudes señaladas, el hombre era de una modestia admirable… No me extrañaría que se propusiera incorporarlo al nomenclátor.

En fin, como dice Georges Brassens, el entrañable ácrata poeta, músico y cantante: «Siempre es lindo el tiempo pasado. Después que estiraron la pata, todos son flor de tipos». Algo de eso debe de haber para explicar la proliferación de homenajes post mortem en los que no sólo se olvidan las cosas feas del fiambre sino que se llega a inventarle cualquier cualidad inverificable. Como si el hecho de empezar a comer el perejil por la raíz a todos redimiera y nos obligara a perdonar las cagadas que se mandaron en vida.

Claro que para romper un poco la rutina y la tradición, siempre es posible proceder a homenajes en vida. Si no, vea el lector cómo Juan Carlos Blanco y otros militares y civiles del proceso se han hecho acreedores a homenajes y ascensos (en el caso, pre mortem), por medio de su designación en cargos relevantes. ¡Qué rostro de piedra!

 

(*) Periodista

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