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Derecha e izquierda

El presentador de TV brasileño Fausto Silva, conocido en Brasil como Faustão, es un maestro en recordar expresiones populares que cambiarán con el tiempo. “Arrastre” fue trabajo de pescadores, y hoy es capacidad de reunir grandes concentraciones urbanas. ¿Qué quiere decir: “manos a la obra”, “aguanta el palo”, “aquel brote”, o “mocorongo”?

Dionisio da Silva, especializado en nuestra lengua, escribió sobre lo imprescindible que es el conocer de dónde vienen las palabras (Mandarín), desentrañándolas en sus etimologías, significados y usos.

Las palabras, como todo, se gastan con el tiempo. Pierden el brillo, el significado, y, por tanto, el uso. Es el caso de “derecha” e “izquierda”. Cuando existía bipolaridad mundial entre capitalismo y socialismo, los terrenos estaban bien definidos. Pero, ¿qué es hoy ser de derechas o de izquierdas?

En el Brasil, ¿está la izquierda en el poder? Supongamos que sí. Pero, ¿quiénes son los líderes de su base aliada? Todos conocemos de sobra a: Sarney, Collor, Renan Calheiros, Jáder Barbalho, Maluf, Romero Jucá, Kátia Abreu…

¿Cómo puede un Partido de los Trabajadores llevarse bien con la Patronal Brasileña y mantener relaciones tensas con los movimientos sociales, con los indígenas y los sin tierra?

Fuera del PSDB y de algunos partidos pequeños, todos los sectores conservadores de la sociedad brasileña apoyan al gobierno, incluyendo a los empresarios, los bancos y las compañías mineras, principales fuentes de financiación de las campañas electorales. Espero que la reforma política -cuando la hubiere- vaya a prohíbir que los candidatos reciban dinero de personas jurídicas, y que consiga que las personas físicas queden limitadas al techo de un salario mínimo.

Ahora están presos algunos compañeros míos en la lucha contra la dictadura, como Dircéu y Genoíno. Todos fueron condenados por jueces nombrados en su mayoría por el gobierno petista (del PT). Considero ilegal, injusta y desproporcionada la forma en que fueron detenidos el día de la Proclamación de la República. Montar un espectáculo con el dolor ajeno es menospreciar la dignidad humana.

Algunos aliados del gobierno acusan a los grandes medios de comunicación de connivencia, al convertir el juicio en un espectáculo. ¿Por qué, pues, el Planalto no da paso a los proyectos de reglamentación y democratización de los medios? ¿Por qué no impide la formación de oligopolios? ¿Por qué la publicidad financiada por el gobierno federal otorga claramente privilegios a los vehículos de oposición al Planalto?

En los diez años de gobierno petista el Brasil mejoró mucho, gracias al aumento real del salario mínimo, a la reducción del desempleo, a una política exterior independiente, a la solidaridad con los gobiernos progresistas de América Latina y a los programas sociales. Sin embargo, tengo que lamentar que el programa Hambre Cero, de contenido liberador, haya sido sustituido por la Bolsa Familiar, de contenido compensatorio.

Amigos “de izquierda” se quejan de que los aeropuertos están demasiado lejos de las familias de bajos ingresos. En el Nordeste, el burro fue sustituido por la moto. Y las multinacionales del automóvil siguen llenando nuestras carreteras de automóviles, sin que haya inversiones en el transporte público.

Fijándonos en el efecto “tostines”, preguntemos: ¿en Brasil los productos son caros por su dependencia del sistema de vehículos rodados? O ¿los productos son caros porque los camiones se abastecen de petróleo? Tenemos 8000 kms de litoral, ríos caudalosos navegables, y no hay casi ninguna navegación comercial… Y cuando se habla de ferrocarriles se piensa en el tren-bala, capaz de transportar a una elite en el trayecto Campinas-São Paolo-Río, y no en caminos que crucen el país de punta a punta, facilitando el flujo barato de nuestra producción.

Es verdad que el gobierno actual es muy diferente del gobierno de FHC (Fernando Henrique Cardoso). Pero es también muy parecido. Prometió investigar las privatizaciones -”la herencia maldita” del gobierno anterior-, pero lo dicho se quedó sólo en palabras (‘del dicho al hecho hay un gran trecho’). Procedió de la forma acostumbrada: privatización del Campo de Libra, donde hay petróleo, un producto estratégico; otro tanto hizo con las autovías, puertos y aeropuertos, sin tomar en cuenta la caída de las ganancias de Vale después de haber sido privatizada, ni el valor de las acciones de Petrobras después de que el 60% de las mismas pasaron a manos del capital privado, ni la quiebra de Vasp. Pero no hubo ninguna iniciativa para que volvieran a ser propiedad del Estado, como hizo Evo Morales en Bolivia.

Según el IPEA, órgano federal, la desigualdad social entre los más ricos y los más pobres en el Brasil es ¡de 175 veces! ¿Por qué no se han tomado medidas estructurales para reducirla? Después de diez años de gobierno petista no hubo más que una reforma estructural en el Brasil: la de la Previsión del funcionariado público, que favorece al capital privado.

En cuanto al presupuesto de la República, destinar más del 40% de nuestro dinero al pago de los intereses, amortización y prórroga de la deuda pública, y, en cambio, el 8% para Salud y Educación, supone que el Brasil seguirá soñando con ser ‘el país del futuro’.

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