Grotesco

El presidente electo, Néstor Kirchner, acertó cuando en su propio mensaje al país explicó que la mueca menemista era funcional a los mismos grupos económicos que se beneficiaron con rentas multimillonarias, mientras la mayoría del país caía en el abismo de las necesidades más elementales insatisfechas. La pretensión última de la maniobra consiste en poner en duda la integridad del futuro gobierno y restarle autoridad para afrontar las dificultades nacionales con criterio propio, en lugar de pedirlos prestados a las mismas fuentes que alimentaron la gestión del menemismo.

Mientras el ex presidente invocaba a su favor el presunto disgusto del electorado no peronista por tener que elegir entre dos candidatos del mismo origen partidario, tuvo la desfachatez de intentar un paralelo entre su deserción y el renunciamiento de Eva Perón. La absurda comparación sólo prueba que Menem ya no guarda respeto ni por los sentimientos más hondos del pueblo peronista, en el desvarío de un ego desorbitado, aunque no tanto como para ignorar a quién sirve y a quién perjudica. Muchas veces se lo escuchó decir que «el pueblo no masca vidrio», pero en las últimas horas olvidó hasta sus refranes favoritos.

En la consideración pública, Menem se quedó sin futuro, lo mismo que los que huyeron antes que él de las responsabilidades de mando. Lo cual no quiere decir que desaparecerá para siempre, ya que esos intereses corporativos que denunció Kirchner lo van a usar cada vez que lo necesiten. Es un desestabilizador mercenario, entrenado para conspirar. Esto no significa que pueda tener éxito, ni siquiera futuro, pero será mejor que no se repita el error de 1999, cuando algunos excitados aliancistas proclamaron antes de tiempo «Chau, Menem», disputándose incluso los méritos de aquella fugaz victoria. Igual que otros caudillos provinciales, el riojano es el prototipo de una cultura de poder feudal, en el que la voluntad del mandamás es superior a cualquier institución o sentimiento público. Pero esa cultura sobrevive por la voluntad de quienes la usan y también por la de quienes la sirven. Por suerte, cada vez son menos, a medida que la sociedad gana experiencia en el ejercicio de las libertades democráticas. El escaso número de adeptos que, en el feudo riojano, acudieron a despedir al prófugo, es una muestra alentadora de que algunas prácticas políticas pierden vigor entre los ciudadanos.

Por su parte, Kirchner reivindicó con dignidad su pertenencia a la joven generación militante de los años ’70 y comprometió su esfuerzo para ejercer el poder con una cultura política que aprendió a revalorizar la pluralidad democrática y las instituciones republicanas en el fragor de los años de plomo. Ese compromiso forma parte de otros que de a poco va desgranando el futuro presidente constitucional de los argentinos, pero es de vital importancia para cualquiera que se proponga de verdad auspiciar la renovación institucional que los ciudadanos han reclamado hasta con la vida en diciembre de 2001. Los especuladores de la «gobernabilidad» harán lo imposible para perpetuar las oligarquías partidarias y corporativas. No hay gobernante que pueda resistir en soledad la presión del pasado que se empecina en ser presente perpetuo. Lo único que garantiza el futuro diferente es la decisión popular de sostener al gobierno que atienda a sus intereses. Esa es la auténtica gobernabilidad que deberá conquistar la nueva administración del Estado. Que a los grotescos la historia los acomode adonde se merecen, porque ya es hora de que la gente decente vuelva a ocuparse de las emergencias verdaderas.

 

 

(*) Periodista de Página 12

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