La crisis y la crisis de los partidos tradicionales

Qué ofrece hoy el partido de la derecha nacional? La hueca repetición que por ser los minoritarios mayores de la sociedad, todos les debemos pleitesía. Se han reducido a ser la expresión del culto al pasado, pero de aquel que ni siquiera les sirve para proyectarlos. Soberbios en su incompetencia para entender el hoy, en sus angustias y en sus esperanzas.

Son postes clavados en la república, dominados por la resignación. Arreglan con los de afuera y adentro quedan los bolsones de pobreza en barrios para los que la modernización trajo el reparto de paquetes. Ningún problema resuelto pero la soberbia desatada a los cuatro vientos.

¿Podrá cambiarse ese partido con quienes tienen como mensaje una gran plaza financiera en Montevideo y una gran lechería para el resto de la República? Podrá anidarse en el Partido Colorado una corriente batllista; podrá haber en su seno un movimiento de fundamento renovador. Pero los intentos de la refundación batllista o la era del ‘tercerbatllismo’ sólo podrán tener vida fuera del Partido Colorado».

¿Quién pudo escribir estos conceptos tan claros y certeros? Pensé en primer lugar en Michelini o Alba Roballo pero los descarté por obvios; por ahí se me apareció Vaillant, que finalmente abandonó el lema tradicional y se incorporó al EP, o Flores Silva que titubea antes de dar el paso mientras intenta la «refundación batllista» y sueña con un imposible «tercerbatllismo» dentro del Partido de Rivera; llegué incluso a no descartar a Stirling, esa mosca blanca en el Foro…

Perdí la apuesta. Quien esto escribió fue el profesor Yamandú Fau –sí, el mismísimo ministro de Defensa actual– en Cuadernos de Marcha, Tercera época, año II, número 17, de marzo de 1987. ¿Qué tal?

Claro que uno se pregunta qué pasó, qué cambio radical sufrió el Partido Colorado (el «partido de la derecha nacional») para que ese encendido detractor volviera a sus filas unos años después (para las elecciones de 1994) y se mantenga muy cómodo en él hasta hoy.

Algunos me dirán que en realidad, quien cambió no fue el partido sino el profesor, pero eso es algo que nunca sabremos.

De todos modos, el hecho es que el análisis de Fau de hace dieciséis años tiene hoy la misma o mayor validez y actualidad de entonces.

Porque la evolución del Coloradismo lo llevó de ser un partido donde predominaban las tendencias progresistas y socializantes (los dos batllismos) y que cobijaba en su seno posturas –minoritarias– francamente de izquierda (Michelini, Roballo, Flores Mora) a este emporio conservador y neoliberal en que se ha convertido: un reducto de la derecha más pura del que fueron excluidas una a una las propuestas progresistas.

El Partido Colorado de don Pepe y Luis, de Domingo Arena, Brum y Grauert, se transformó en el partido de Jorge y Julio María (ministro de Pacheco y de Bordaberry y panegirista del presidente boxeador), de Millor, García Pintos y Rubén Díaz.

Después de esta metamorfosis, no es de extrañar que ese ilustre partido histórico figure en tercer lugar en las preferencias del electorado, porque a la gente se la puede engañar varias veces, pero no es tonta y termina por aprender la lección.

Como para confirmar esto último, las recientes elecciones en Argentina –por más que el menemismo haya resultado ser la minoría mayor– muestran una clara voluntad de cambio, o, por lo menos, de no volver a tropezar con la misma piedra; por suerte, los argentinos cambiaron la consigna «que se vayan todos» por «que se vayan los que nos jodieron».

Pero volvamos a lo nuestro. El mapa político uruguayo está polarizado a pesar de las corrientes que dentro del Nacionalismo intentan ser herederas del wilsonismo y que podrían aparecer como opciones de centro-izquierda potables para el electorado (Larrañaga y Ramírez, por ejemplo). Ocurre que por lo general, incluso cuando hay una aparente atomización, la tendencia es hacia la polarización. La izquierda ha sabido canalizar el descontento de la población y ha ido incorporando a su posible caudal electoral a sectores hasta entonces ajenos a las propuestas progresistas.

Nada de asombroso hay en ello si pensamos que frente a una de las crisis más agudas que ha vivido el país, el Foro Batllista monta una mise en scène en el propio local partidario para hacer un simulacro de fusilamiento.

Puede decirse que le salió el tiro por la culata, porque pocas veces una medida política había recibido tal andanada de críticas.

Mientras tanto, el otro partido –ex socio en la coalición– lanza la idea de un «ajuste político», como si la crisis se pudiera conjurar con la reducción del número de legisladores.

¿Mueren niños por desnutrición? ¿Aumenta la delincuencia? Se repartirá más leche en los barrios pobres, se incorporará hierro a la harina y se construirán más cárceles. Y ya está.

Ninguno de los partidos tradicionales tiene respuestas serias a la crisis, sencillamente porque el modelo por el que optaron no dispone de herramientas para esos casos y es incapaz de combatir los males que él provoca.

Y esto es así sencillamente porque combatir los males implicaría atacar los principios mismos del modelo, ese modelo responsable de «los bolsones de pobreza en barrios para los que la modernización trajo el reparto de paquetes», como con acierto sostenía el profesor ministro; ese modelo que sigue apostando a «una gran plaza financiera en Montevideo y una gran lechería para el resto de la República», para seguir citando al profesor ministro.

Si algo positivo va dejando la crisis, es que permitió desnudar la que viven los partidos responsables de ella. *

*Periodista

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