Estados Unidos de acá

s sorprendente, y quizás incómodo para muchos, advertir la frescura de aquella vieja idea, más allá de cuánto han cambiado las circunstancias políticas, económicas y culturales y más allá, también, del objetivo último que perseguía aquel hombre enérgico que postulaba la revolución permanente.

Setenta años después, suficientemente muerto y olvidado Trostky, y desaparecido en una brevísima implosión el sueño bolchevique primordial, el mundo ha quedado a merced de un único estado poderoso, manipulado por una perversa sociedad de capitalistas y militares, que hoy es capaz de cruzar con sus ejércitos enormes distancias para arrasar las tierras, apropiarse de las riquezas que necesita y ampliar los límites de su hegemonía. Desde la América Latina que habitamos es fácil elaborar una teoría plausible acerca de lo que ocurre: a la primera colonización, aquella que sepultó a los indígenas y a cientos de culturas autóctonas, siguió otra puramente económica, acuñada en el rico Norte industrial para comprarnos barato y vendernos caro, y ahora asistimos a una tercera, basada en pura apropiación forzosa, que se va expandiendo indecentemente por medio de amenazas y sobornos del sheriff y unas cuantas cobardías ajenas.

O estás con el gendarme planetario, sometiéndote a sus designios, o corres el riesgo de ser acusado de enemigo de la paz mundial porque, aunque no lo sepas, eres uno más de los diabólicos miembros del eje del mal. No tendrás armas de destrucción masiva  o no las hallarán en tus almacenes, porque les basta el cinismo y no necesitan ser inteligentes ni siquiera avisados  pero igualmente te harás sospechoso de algún otro pecado horrible que te condenará. Qué sé yo, escribir un libro sedicioso sobre la vida sexual de Condoleezza Rice, alentar la hipótesis de que Colin Powell quiere olvidar que es negro, como Michael Jackson, o, quizás, escribir en las paredes «George Bush es aproximadamente un ser humano».

Hay autores que han elaborado complejas reflexiones acerca de que se va camino de un gobierno mundial. Coinciden en que todos los grandes imperios han tenido su nacimiento, su poderío absorbente y su ocaso. Puede ser. Pero esa civilización más equilibrada con que se sueña está muy lejos y, mientras tanto, el unicato de los Estados Unidos no tiene pinta de transitorio.

Pues bien, ya casi extinguida la sed de conquista del petróleo, ¿quién ignora que la próxima guerra que ha de lanzar el amo todopoderoso será por el agua? Y luego, ¿dónde respiran los acuíferos más ricos, ésos que ya tienen un valor estratégico impar y que en pocas décadas serán virtualmente inapreciables? Aquí nomás, debajo del suelo que pisamos a diario buscando un mango. Es un área que toma grandes extensiones de Argentina, de Brasil, de Paraguay y de Uruguay. O sea, vaya curiosidad, de los países que componen esa cosa híbrida y amorfa llamada Mercosur y que pretende ser un bloque.

Caramba. He pronunciado la palabra clave, bloque, la palabra que desvelaba al viejo Lev Davidovich Bronstein. Mano a mano la derrota es segura. La fuerza de los débiles nace de la unión. Si poseemos el agua, y la hacemos valer entre todos, tendremos poder.

Sería irresponsable y egoísta mirar hacia otro lado para sobrevivir, sin prestar atención a la responsabilidad de esta hora. Si se piensa en el Uruguay inmediato, ese que deberemos reconstruir pero que sigue bendito por sus reservas de agua, no hay tarea más importante para un gobierno que trabajar sin pausa por la unidad regional para defender una riqueza clave.

Bueno, en realidad no habrá tarea más importante para el gobierno que venga. En el presente, con Batlle y sus enamoramientos escasamente virginales, estamos fritos. Sus genuflexiones ante el hombre de la azul mirada miope han sido tantas, y ha sido tan dañosa para el consenso con nuestros vecinos su política espasmódica  cadena Bloomberg y lloriqueos de disculpa incluidos entre joyitas varias  que ya no hay más remedio que esperar a que concluya su desconsolador mandato para que otros asuman tamaño paso histórico. La maquinaria imperial está mirando al Sur. Hay al menos cuatro países a los que hace falta un plan sensato, desde ahora y hasta que las cosas cambien, basado en la propiedad del agua. Es la mejor defensa frente a la prepotencia. Supera con creces a la moneda única, a la pelea desordenada y perdida de antemano contra los subsidios, a los discursos en el tablado desvalorizado de los organismos internacionales y a ese mohín gracioso, porque no tiene otro valor, de presentarnos como «el granero del mundo» y «el frigorífico ecológico», desproporciones con las que soñó Perón y así le fue.

Hay que pensar en el agua como una política del Mercosur. Ya mismo. Porque cuando la invasión empiece por Ciudad del Este, en el corazón del bloque, donde los cuadriculados espías de Rumsfeld dicen haber descubierto células terroristas que hay que abortar, será demasiado tarde. *

(*) Periodista

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