El genoma y las prioridades de la ciencia
Por fin una buena! pensamos todos. Porque realmente, la noticia no es moco de pavo. Después de años de investigaciones, estamos tocando el cielo con la mano y nos acercamos a Dios. Pronto llegaremos a conocer con exactitud día y hora en que se produjo el big bang, indagaremos en el microcosmos y acabaremos con el vértigo que nos produce la idea de infinito. Nada nos será desconocido. ¡Qué maravilla!
Dicen los cables –y los científicos no lo niegan– que este impactante descubrimiento permitirá prevenir y curar enfermedades mediante manipulaciones genéticas, y se habla de que no es disparatado pensar en prolongar la vida humana en tres o cuatro veces. Estamos a un paso de alcanzar la inmortalidad.
Ahora, claro, eso sí: como suele ocurrir con todos los adelantos científicos y tecnológicos, de este último se beneficiarán muy probablemente sólo los individuos de la especie humana elegidos de Dios, o sea los blancos del Primer Mundo. ¿O alguien cree por ventura que el memorable hallazgo servirá para mitigar la penuria sanitaria de los africanos sub-saharianos, por ejemplo, que mueren como moscas de sida y de hambre?
Porque hasta el nuevo virus de la neumonía atípica (para el que la ciencia no tiene respuesta a pesar de todo su desarrollo) arrancó en China y el sudeste asiático, demostrando así que los dioses se ensañan con los no caucásicos; y no me retruquen arguyendo que el síndrome también está en Canadá, porque eso es sólo para despistar y quedar bien, como diciendo «vean cómo no hacemos discriminaciones y mandamos las pestes a todos sin distinción». Yo creo que estuvieron a punto de contaminar a los franceses pero a último momento se arrepintieron para que no quedara tan en evidencia que estaban castigando a los díscolos que no quisieron acompañar la cruzada libertadora.
Pero en fin, volviendo al tema, el hecho es que el avance arrollador de la ciencia nos va creando la peligrosa ilusión de que somos los creadores, cuando a gatas somos criaturas que pretendemos arrogarnos potestades divinas. Ojo que no estoy contra la ciencia, entre otras cosas porque la ciencia es amoral. No puede decirse que el teorema de Pitágoras sea perverso ni que la ley de Gay-Lussac, o las de Mendel, o la teoría de la relatividad, o el heliocentrismo –por poner sólo algunos ejemplos– promuevan la solidaridad, el amor al prójimo o la misantropía; todo depende, en definitiva, del uso que se haga de los adelantos científicos y tecnológicos. Todos aplaudimos boquiabiertos y emocionados las posibilidades infinitas de la ciencia, capaz de brindarnos bienestar material aunque olvidamos algunas otras cosas no tan bienhechoras; por ejemplo, refinadísimos y sutiles artefactos para matar a nuestros semejantes y para convertir en cenizas sus bienes materiales.
Pero en fin, más allá de todo esto, pienso que un poco de humildad no nos vendría mal, porque de ese modo podríamos abocarnos tal vez a resolver problemas menores, no tan deslumbrantes como el del genoma, pero tanto o más importantes. Problemas más modestos pero no por ello menos vitales para la especie.
Sin ir más lejos, el de las condiciones de vida, que no son parejas para todos. O el de la alimentación correcta, o el de una adecuada atención sanitaria, o el de una educación apropiada, algo de lo que carecen cientos de millones de individuos en el mundo entero.
Y esto último se vuelve patéticamente concreto cuando nos enteramos de que aquí nomás, en Montevideo –no en Biafra–, la coqueta tacita de plata, capital de un país esencialmente productor de alimentos, tres gurises murieron por desnutrición. Traducido: en Uruguay hay gurises que no morfan, sencillamente. Ya sabíamos, por la concurrencia masiva a los comedores escolares, que cada vez son más los compatriotas con dificultades para alimentarse, pero la muerte de bebés por desnutrición era hasta hoy algo que les pasaba a otros países. Y resulta particularmente sublevante que esto ocurra cuando el presidente se dedica a flexionar sus rodillas y a lisonjear al amo para que éste acepte aumentar las compras de carne.
Para todos esos uruguayos que no morfan, ¿no hay ni un corte de segunda? Porque además, detrás del episodio, hay una realidad de hambre vieja, de miseria hereditaria, de descalabro social, que no se arregla con caridad ni con limosnas.
Entonces, que no me vengan a joder con el famoso genoma, que podrá resolver la diabetes potencial de un holandés o el cáncer de colon de un gringo, pero es incapaz de resolver un problema mucho más elemental como lo es que todos los seres humanos vivan con dignidad y que, en última instancia, «naide escupa sangre pa’ que otro viva mejor», como decía Atahualpa Yupanqui.
Que de eso se trata. *
*Periodista
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