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Enseñanzas de la quiebra de Detroit

Cuando yo era niño, en Gary, Indiana, cerca de un cuarto de los trabajadores estadounidenses estaban empleados en el sector manufacturero. En aquel momento había un montón de puestos de trabajo en que se pagaba bastante bien, como para que el cabeza de familia, con un solo trabajo, hiciera posible cumplir el sueño americano para su familia de cuatro integrantes. Podía ganarse la vida con el sudor de su frente, darse el lujo de enviar a sus hijos a la universidad e incluso verlos elevarse a la categoría de profesionales.

Ciudades como Detroit y Gary prosperaron en esa industria, no sólo en términos de producción de riqueza, sino también en términos de comunidades fuertes, bases fiscales sanas y una buena infraestructura. Con esa base sólida de excelentes escuelas públicas de Gary, influidas por las ideas del reformador progresista John Dewey, me fui a Amherst College y luego al MIT para estudios de posgrado.

Hoy en día, menos del 8 por ciento de los trabajadores estadounidenses están empleados en el sector manufacturero y muchas ciudades industriales son esqueletos fantasmas. Los hechos inquietantes sobre Detroit son ya casi un cliché: el 40 por ciento de los focos de las calles no funcionaban en esta primavera, decenas de miles de edificios abandonados, las escuelas han cerrado y la población se redujo 25 por ciento en el último decenio. La tasa de delitos violentos el año pasado fue la más alta de cualquier gran ciudad. En 1950, cuando la población de Detroit era de 1,85 millones, había 296.000 empleos industriales en la ciudad, a partir de 2011, con una población de poco más de 700.000 habitantes, había menos de 27.000.

El dramático acontecimiento de la caída de Detroit – la mayor quiebra municipal en la historia estadounidense- abarca tanto, que vale la pena tomar una pausa para ver lo que enseña acerca de nuestra cambiante economía y la sociedad, y lo que presagia para el futuro.

Los fracasos de la política nacional y local son ya bien conocidos: falta de inversión en infraestructura y servicios públicos, el aislamiento geográfico que ha marginado a las comunidades pobres y a los afroamericanos en el cinturón industrial, la pobreza intergeneracional que ha obstaculizado la igualdad de oportunidades y el privilegio de los intereses monetarios (como los de los ejecutivos corporativos y empresas de servicios financieros) sobre los de los trabajadores.

Por un lado, podría uno encogerse de hombros: las empresas mueren todos los días,nacen otras. Eso es parte de la dinámica del capitalismo. Así, también para las ciudades. Quizás Detroit y ciudades similares sólo están en la ubicación incorrecta para los bienes y servicios que demanda la América del siglo 21.

Pero este diagnóstico sería un error, y es muy importante reconocer que la desaparición de Detroit no es simplemente una consecuencia inevitable del mercado.

Por un lado, la descripción es incompleta: los problemas más graves de Detroit se acotan a los límites de la ciudad. En el resto del área metropolitana hay una amplia actividad económica. En las afueras como Bloomfield Hills, Michigan, el ingreso familiar promedio es de más de $ 125.000. A 45 minutos en coche de Detroit está Ann Arbor, sede de la Universidad de Michigan, uno de los centros preeminentes del mundo de la investigación y producción de conocimiento.

Las tribulaciones de Detroit surgen en parte de un aspecto distintivo de la economía y la sociedad dividida en Estados Unidos. Como han señalado los sociólogos Sean F. Reardon y Kendra Bischoff , la segregación económica puede ser aún más perniciosa que la segregación racial. Detroit es el ejemplo por excelencia de la reclusión de las elites ricas (y sobre todo de los blancos) en enclaves suburbanos cerrados. Hay una razón para caer en esa privacidad: de esta manera, los ricos se aseguran de que no tienen que pagar ninguna cuota de los bienes y servicios públicos locales para sus vecinos menos pudientes, y que sus hijos no tienen que mezclarse con los de nivel socioeconómico más bajo.

La tendencia hacia la auto potenciada desigualdad es especialmente evidente en la educación, una escalera cada vez más reducida de movilidad ascendente. Las escuelas en los distritos más pobres empeoran, los padres con medios se mudan hacia los distritos más ricos, y la división entre los que tienen y los que no tienen – no sólo en esta generación, sino también en la próxima, se hace cada vez más grande.

La segregación residencial entre los estratos económicos amplifica la desigualdad para los adultos también. Los pobres tienen que manejarse de alguna manera para llegar desde sus barrios hasta sus empleos de tiempo parcial, mal pagados y cada vez más escasos en lugares de trabajo distantes. Combínese esta expansión urbana con sistemas de transporte público insuficiente y se tendrá un plan perfecto para la transformación de las comunidades de la clase trabajadora en guetos despoblados.

A los problemas que inevitablemente surgirán de estas aglomeraciones urbanas mal diseñados, se suma el hecho de que el área metropolitana de Detroit está dividido en jurisdicciones políticas separadas. Los pobres son por lo tanto no sólo geográficamente aislados, sino también políticamente confinados en guetos. El resultado es una ciudad interior segregada y pobre con escasez de recursos, empeorada debido a que las plantas industriales que habían proporcionado el núcleo de la base imponible -los impuestos-, cierran.

Historiadores como Thomas J. Sugrue han demostrado que la desintegración de Detroit precede a los conflictos sobre los programas de bienestar social y las relaciones raciales (incluyendo disturbios en 1967) y se remonta a las décadas de la posguerra, una época en que las raíces de la desindustrialización, la discriminación racial y el aislamiento geográfico se implantaron. Hemos cosechado lo que hemos sembrado.

Careciendo de unidad política regional, no existe una estructura general para mejorar la infraestructura y los servicios públicos entre los centros urbanos más pobres y los suburbios ricos. Así que los pobres recurren a lo que tienen, que no es lo suficientemente bueno. Sus autos inevitablemente se descomponen y los autobuses llegan tarde, por lo que los trabajadores parecen ser ” no confiables”. Pero lo que es realmente poco fiable es el designio inicuo de la ciudad. No es de extrañar: Estados Unidos se está convirtiendo en el país industrial avanzado con la menor igualdad de oportunidades.

Las mismas prioridades sesgadas que han vaciado Detroit a nivel local, replicaron el vacamiento a nivel de la política nacional. Cada país, cada sociedad, tiene regiones e industrias cuyas estrellas están en ascenso, y otras que están en declive. Silicon Valley, desde hace algún tiempo, ha sido la estrella en ascenso de Estados Unidos – así como la parte superior del Medio Oeste lo era hace cien años. Con el cambio tecnológico y la globalización, sin embargo, la ventaja comparativa del Medio Oeste como un centro mundial de fabricación ha disminuido, por razones demasiado bien conocidas para enumerarlas aquí. Los mercados, sin embargo, a menudo no hacen un buen trabajo de auto-renovación.

En lugar de tratar -a propósito de este cambiante panorama económico- con políticas útiles promotoras del crecimiento de otras industrias, nuestro gobierno pasó décadas tapando las deficiencias de crecimiento al permitir que el sector financiero corriera desbocado, creando “crecimiento”, basado en burbujas. Ni siquiera dejamos que el mercado solo siguiera su curso: hicimos una elección activa para abrazar los beneficios a corto plazo y la ineficiencia en gran escala.

Puede haber algo inevitable en los cambios estructurales que han hecho a la manufactura estadounidense menos importante para nuestra economía, pero no hay nada inevitable acerca de las pérdidas, el dolor y la desesperación humana en las ciudades que han acompañado ese cambio. Hay alternativas de política que pueden suavizar estas transiciones de manera que preserven la riqueza y promover la igualdad. A sólo cuatro horas de Detroit, Pittsburgh, también lidiaron con el “vuelo blanco” (Migración de personas blancas desde el interior de las ciudades hacia espacios suburbanos, escapando de las minorías y la degradación social. N de r). Pero aún más rápidamente cambió su economía desde una dependiente del acero y el carbón a una que enfatiza la educación, la salud y los servicios legales y financieros. Manchester, el centro de la industria textil de Gran Bretaña desde hace más de un siglo, se ha transformado en un centro de la educación, la cultura y la música. Estados Unidos tiene un programa de renovación urbana, pero está más orientado a la rehabilitación de edificios y el aburguesamiento que en el mantenimiento y la restauración de las comunidades, y aún así, está languideciendo. A los trabajadores estadounidenses les vendieron las políticas de “libre” comercio con la promesa de que los ganadores podrían compensar a los perdedores. Los perdedores siguen esperando.

Por supuesto, la Gran Recesión y las políticas que la crearon han hecho esto, como tantas otras cosas, mucho peor. Los bancos hipotecarios avanzaron sobre grandes áreas de algunas de nuestras ciudades y las hallaron buenos sujetos para sus prácticas depredadoras y préstamos discriminatorios. Una vez que la burbuja estalló, las ciudades fueron abandonadas por todos, excepto los cobradores de deudas y alguaciles de ejecución hipotecaria. En lugar de preservar nuestras comunidades, nuestros políticos se enfocaron más en salvar a los banqueros, sus accionistas y sus tenedores de bonos.

La situación puede ser desalentadora, pero no todo está perdido para Detroit y otras ciudades con problemas similares. La pregunta que enfrenta Detroit ahora es cómo gestionar la quiebra.

Pero aquí también hay que tener cuidado con la influencia de la “sabiduría” de los intereses de los ricos. En los últimos años, nuestros “magos” financieros de los bancos privados – cuya habilidad se supone que es la gestión del riesgo – vendieron a Detroit algunos productos financieros sofisticados (“derivados”, contratos financieros variables especulativos N de r.) que han empeorado su situación financiera por cientos de millones de dólares.

En una bancarrota convencional, tales “derivados” (“derivatives”) tendrían prioridad como acreedores, antes que los trabajadores municipales en activo y jubilados. Afortunadamente, las normas que rigen el Capítulo 9 del código de bancarrota ponen mayor énfasis en el bien público. Cuando un organismo público va a la quiebra, siempre hay algo de ambigüedad sobre sus activos y pasivos. Sus obligaciones incluyen un “contrato social” escrito, incluyendo los servicios sociales para sus residentes. Su capacidad para aumentar los ingresos es limitado: impuestos más altos pueden acelerar una espiral fatal, expulsando a más empresas y propietarios de viviendas.

Los bancos, como es lógico, prefieren otras prioridades. Con los casi 300 millones de dólares de excepcionales “derivados” que están en juego, pueden confabular para estar primero en la línea de pago.El procedimiento establecido en el Capítulo 9 contempla la oportunidad de colocar a los bancos donde deberían estar, en la parte posterior de la cola. Ya era bastante malo que estos oscuros instrumentos financieros se utilizaran para confundir y engañar a los inversionistas. Sería el colmo recompensar el comportamiento de los bancos. La prioridad en el procedimiento de quiebra debe ser la restauración de Detroit a la vitalidad como ciudad, no sólo conseguir que salga de la zona roja. El principio básico del capítulo 11 de nuestro código de bancarrota (que se centra en las empresas) es que la quiebra debe proporcionar un nuevo comienzo: hacerlo es vital para la preservación de puestos de trabajo y de nuestra economía. Pero cuando las ciudades se van a la quiebra, es aún más importante mantener nuestras comunidades.

Los bancos y tenedores de bonos argumentarán que los pagos de pensiones para los trabajadores de la ciudad son una carga excesiva, y deben limitarse o cancelarse para reducir las pérdidas de los bancos. Pero la alta prioridad que los trabajadores suelen tener en las quiebras municipales está totalmente justificada. Después de todo, han realizado sus servicios en el entendido de que serían pagados, y las pensiones no son otra cosa que “compensación diferida”. Los trabajadores no participan en el complicado negocio de la evaluación de riesgos, como los inversores. Y a diferencia de los inversores, los trabajadores realmente no pueden diversificar sus carteras para gestionar el riesgo. Así que debería ser inconcebible decirle a los trabajadores que, lo siento, no están pagando lo que te prometimos por el trabajo que ya has hecho. Sobre todo porque sus pensiones, a diferencia de las de los jefes corporativos, están lejos de ser generosas. La mayoría de los empleados municipales jubilados que reciben cheques de alrededor de 1,600 dólares al mes.

Esto significa que gran parte de la carga de la quiebra tendrá que recaer en aquellos que prestaron dinero a Detroit, y aquellos que aseguraron a estos prestamistas. Esto es como debe ser. Tienen un retorno, lo que refleja su estimación subjetiva del riesgo al que se enfrentaban. Por supuesto, les gustaría conseguir un alto rendimiento, y de alguna manera no asumir el riesgo. Pero esta no es la manera en que funcionan los mercados, o deberían funcionar.

Asegurar que la quiebra proceda de manera que sea bueno para Detroit requerirá vigilancia, y es sólo el primer paso en la recuperación. A más largo plazo, tendremos que cambiar la forma en que manejamos nuestras áreas metropolitanas. Tenemos que ofrecer un mejor transporte público, un sistema educativo que promueve un mínimo de igualdad de oportunidades, y un sistema metropolitano de “gobernabilidad” que no trabaje sólo por el 1 por ciento, ni siquiera para el 20 por ciento, sino para todos los ciudadanos.

Y a nivel nacional, necesitamos políticas -inversión en educación, capacitación e infraestructura – que suavicen la transición de Estados Unidos hacia el alejamiento de la dependencia de la manufactura industrial como fuente de trabajo.
Si no lo hacemos, después de la Gran Recesión, las quiebras como en el condado de Jefferson, Alabama, Vallejo, California, Central Falls., RI, y ahora Detroit se convertirá en demasiado comunes.

La quiebra de Detroit es un recordatorio de lo dividida que nuestra sociedad se ha vuelto y lo mucho que hay que hacer para curar las heridas.
Y proporciona una advertencia importante para los que viven en ciudades de crecimiento rápido hoy en día: te puede pasar a ti.

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