Otro mundo posible

Navegar es necesario

En la primera semana de mayo hice un viaje  literario  por el río Negro. Un centenar de personas alquiló el barco Iberostar para conversar sobre literatura con los escritores Alfonso Romano de Sant’Anna, Marina Colasanti, Cadão Volpato (que hizo allí el lanzamiento de su primera novela,Personas que pasan por los sueños), Xico Sá y yo.

La actriz Clarice Niskier nos presentó una lectura dramática de su próxima obra, La lista, monólogo escrito por  la canadiense Jennifer Tremblay. La banda Proyecto Cosa Fina animó nuestras noches y nos ofreció un auténtico concierto en homenaje al músico pernambucano Moacir Santos (1926-2006), radicado en los EE.UU., y cuyo repertorio ha influido en compositores como Tom Jobim.

En sus dos primeras ediciones el proyecto “Es  necesario navegar”, promovido por la Librería da Vila, de São Paulo, llevó hasta el río Negro a los escritores José Eduardo Agualusa, Laurentino Gomes, Ignacio de Loyola Brandão, Cristovão Tezza, Mary del Priore, Ilan Brenmam, Walter Hugo Mãe y Milton Bonder.

Navegamos casi 200 kilómetros. Nuestro punto de retorno fue Novo Airão, municipio ribereño de seis mil habitantes. La ciudad de Velho Airão, invadida por hormigas, sucumbió a la voraz agresión de dichos insectos.

Nuestra embarcación, de 95 camarotes distribuidos en cuatro niveles, se deslizaba por el río de aguas oscuras, ácidas, desprovistas de mosquitos. La descomposición de los vegetales en el lecho rico en magnesio, potasio y hierro, impide que las larvas se desarrollen. En esta época del año el río crece de 8 a 10 metros (y excepcionalmente el año pasado llegó a subir 17 metros), ensanchando los canales e inundando la vegetación acuática. Generalmente la flora acuática queda encerrada por la copa de los árboles altos, dando la impresión de claustros acuáticos.

En sus aguas se alberga el poraqué, llamado también anguila eléctrica, porque emite descargas de electricidad de 300 a 1.500 voltios, dependiendo de su tamaño. Con tal recurso derriba los frutos de los árboles que tiemblan bajo el efecto del choque, garantizándose de ese modo su alimentación.

En el interior de la vegetación acuática es frecuente encontrar el majestuoso macucu, imponente árbol que se distingue por su tronco arrugado. Tanto los indígenas como los ribereños aprecian mucho el carapanauba, árbol cuya corteza, rica en quinina, tiene propiedades cicatrizantes y de la que se hace un té que reduce los efectos de la malaria y de la fiebre amarilla.

Probamos el jugo blanco, lechoso, del sorva, que sirve de materia prima para los chicles y, a falta de leche materna, es utilizada para alimentar a los bebés. Y la enredadera de pirañeira, que aplaca, a falta de cigarros, el vicio de los ribereños.

El curare, abundante en esa región, es un poderoso anestésico, utilizado también por los indígenas, en sus cerbatanas, para inmovilizar las presas de caza facilitando su captura. El matamatá es un árbol cuya resistente fibra se usa en el artesanado local y para amarrar  las vigas de las casas.

Los paseos en barcas nos permitieron atracar en las márgenes del río Negro, caminar por los caminitos de la selva y conocer el tapiba, árbol que, haciéndole una raja en el tronco, suelta miles de microscópicas hormigas que, repartidas por la piel, exhalan un olor que sirve de repelente de insectos y otras ponzoñas.

En el lecho del río observamos el espectáculo de los botos, una especie de pelícanos, casi siempre en parejas, revoloteando sobre el agua. Ellos son los principales depredadores de las pirañas, que abundan en la región. Un boto llega a consumir entre 10 y 15 kilos por día de esos pececitos de dientes afilados y apetito de vampiros.

Desde el navío observamos escenarios espléndidos, como  la salida y la puesta del sol en la selva amazónica y cerca de Manaus el encuentro de las aguas cuando los ríos Negro y Solimoes mezclan poco a poco sus corrientes negras y arcillosas y se juntan para formar el Amazonas.

Más que literatura el viaje nos proporcionó un contacto directo con la mayor selva tropical del mundo, que significa un 12% del agua potable del planeta y acoge una biodiversidad de tres mil diferentes especies vegetales y animales por km2.

Al compás de la música de la banda Cosa fina, mientras tomábamos jugo de cupuasu, de asaí y de anona, en espera de comidas abundantes en tucunaré y pirarucu, comentamos qué importante sería descolonizar la mente de las clases media y rica. En lugar de llevar a sus hijos y nietos a Disneylandia, inculcándoles el consumismo, mejor y más provechoso sería traerlos a la selva amazónica, al Pantanal de Mato Grosso o a la altiplanicie de Cazavenados, a fin de educarlos en el sentido de la preservación ambiental, del respeto a los pueblos indígenas y ribereños, y del amor al Brasil.Navegar es

Frei Betto
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