Un cuento
Un vecino de mi barrio tenía un quiosquito, nada del otro mundo, pero le permitía vivir con relativa comodidad a él y a su familia.
Un buen día empezó a cambiar su forma de vida. Fue de a poco, cambió el fusca que era un chiche, que estaba impecable y era la envidia de todos nosotros, por un cero kilómetro totalmente impersonal.
Empezó a empilcharse un tanto ostentosamente, con ropas inadecuadas para atender el quiosco y mucho más para ir al boliche de don Manolo a jugar un truco.
A su familia se la veía triste, preocupada. Parecían como avergonzados.
El empezó a salir con unos amigos de afuera del barrio que tenían una pintuza mezcla de malandras y ejecutivos en vacaciones.
Llegaban al rioba en esos autos que tratan por todos los medios de esconder su condición de máquinas y con la radio al mango, sintonizadas en Concierto FM, nos inundaban la cuadra con los «temas del verano» que no eran otros que los temas del invierno pero un poco más movidos.
Manolo tenía que subir tanto el volumen de la Clarín que la voz de El Mago hacía repiquetear entre sí a las botellas de grapa con limón.
El poco rato que ahora iba al boliche, él no paraba de contarnos lo inteligentes y vivos que eran sus nuevos amigos y pasaba a relatarnos anécdotas y actitudes de lo quías que nunca nos terminaban de gustar.
Empezó por cortar el fiado en el quiosco, por subir los precios y un buen día lo vendió porque «con las vinculaciones que tengo ahora voy a hacer unos negocios que ustedes ni se pueden imaginar».
Pidió guita a distintos prestamistas y durante un tiempo desapareció del barrio. Su familia estaba cada vez más triste.
Se fundió, para pagar las deudas su mujer tuvo que salir a hacer el yiro, su hijo abandonó la escuela y hace malabares en los semáforos y su hija dejó la facultad para trabajar como promotora.
En el barrio nadie lo saluda. Sus vivos amigos lo abandonaron. Y los prestamistas ni se acuerdan de su nombre.
El se siente orgulloso porque supo «honrar sus compromisos». *
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