Un Batman al vacío
Que el señor de las plegarias me perdone, y que usted, lector, sea benévolo, pero esta anécdota que recordé así, de pronto, me ha inducido a una asociación de ideas espantosa. Pensé en Batlle. Quizás haya sido un sueño. Pero lo vi, juro que lo vi, encima de algo que crujía –¿el país?– mientras no paraba de hablar consigo pese a todas las advertencias que alrededor le hacían.
Y ya que se está conjugando el verbo advertir, hay un dato muy reciente. El senador Larrañaga ha lamentado, una vez más, que el gobierno no haya estimulado, pese a las señales positivas lanzadas desde la oposición, un gran acuerdo político para enfrentar con mayor fuerza y estabilidad las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Lo mismo han dicho otros representantes del Partido Nacional y del Encuentro Progresista.
¿Se caerá el país y el Presidente se lanzará encima de nosotros en un postrero e inútil gesto absurdo?
Ahora mismo, el gobierno ha enviado a Washington a unos representantes que seguirán persiguiendo allá, en las tierras del hombre que anda buscando guerras y supuestamente se preocupa por la suerte de su tocayo tercermundista, el esquivo consentimiento de los prestamistas a satisfacer nuestras necesidades financieras. Nadie sabe a ciencia cierta qué ni cómo se está negociando, pese a que probablemente de esta desventajosa mano de truco, librada tan lejos y a las escondidas, dependa que el estrado estalle o queden unos pedazos para reconstruirlo.
En tiempos de crisis, los políticos, como ha dicho Giovanni Sartori, son populares. Bueno, en realidad suelen serlo aquellos capaces de la actitud heroica, del gesto de grandeza de convocar a los demás, aceptando que unas circunstancias excepcionales exigen conductas también impares. Acorralado en un callejón sin salida aparente, pendiendo de su cabeza una espada igual a la que Dionisio el Viejo dejó sobre su cortesano Damocles, el presidente Batlle ha elegido algo demasiado parecido a darse topetazos contra la última pared que le cierra el paso.
Sin embargo, no simplifiquemos, lector. No se trata sólo de cómo negocia con el Fondo Monetario. ¿Qué ha pasado con la manoseada reforma tributaria? ¿Cuál ha sido su política de tarifas públicas? ¿Qué ha hecho antes con los proyectos de leyes de urgencia y de rendiciones de cuentas? ¿A qué se limitó su aparente aceptación de un diálogo con los demás líderes políticos? Esto explica que Batlle haya perdido, aun en plena crisis, toda su popularidad.
Lo peor es que el microclima que ha urdido con tanto tesón, al modo de los escolásticos antiguos, ha enfermado de la misma patología de hablarse a sí mismos a algunos hombres jóvenes e inteligentes que quieren seguirle el paso. Como botón que para muestra es suficiente, uno de sus más entusiastas laderos, el director general de Rentas, ha perpetrado, con tono admonitorio, una declaración conmovedora. Si todos pagaran los impuestos en tiempo y forma se podría bajar la presión tributaria y promover el empleo. ¡Albricias! ¿Qué es esto? ¿La Ley de Murphy a la batllista con algún aderezo perogrullesco? Uno, enseguida, cae seducido por la tentación de preguntarle a este buen señor por qué la gente no paga y por qué hay tanta informalidad y evasión. ¿No será porque el gobierno, siempre de espaldas al consejo de la oposición constructiva, no ha hecho otra cosa que sumar cargas y hacer virtualmente imposible la actividad económica?
Es embromada la soledad del poder. El tipo –como decía Wimpi– da vueltas y vueltas y siempre termina mirándose al espejo y persuadiéndose de que va bien, de que todo es culpa de conjuras y males de ojo y de que basta tener un buen amigo en el lugar adecuado, cual brujo que acaricie su superstición, para que todo regrese al cauce normal. ¿Pedir una mano a quienes andan por ahí, revoloteando como cuervos, según él supone, alrededor del trono? Eso jamás. Sería pura debilidad, la aceptación, lisa y llana, de que el trabajo es más pesado y complejo de lo que suponía y no puede cargarlo. ¡Cómo haría semejante cosa un Batlle que se preparó cincuenta años para la Presidencia!
Sobrevuela otra cuestión. ¿Hay tiempo todavía de hacer la tarea entre todos? ¿Reaccionará, al fin, este hombre solitario?
Soy un simple periodista, un observador de la realidad que pelea por expresar en libertad su pensamiento crítico. No soy vidente. Mucho menos tan vanidoso como para creer que puedo anticipar los hechos. Eso sí: como simple ciudadano, y contribuyente responsable además, estoy angustiado y no veo señal alguna de sensatez. Sería terrible que el Presidente se decida al ademán de grandeza que se le reclama y, justo en ese momento, le ocurra lo que a aquel mandatario que, ya desesperado, pidió consejo al boleo. Alguien le dio tres sobres que debía abrir a medida que el lío creciera. Abrió el primero y decía «échale la culpa al gobierno anterior». Sólo que el lío no paró. Abrió el segundo y decía «échale la culpa a la coyuntura internacional». Pero el lío tampoco se detuvo entonces. Horrorizado, abrió el último sobre.
Y decía: «Prepara otros tres sobres». *
(*) Periodista
Compartí tu opinión con toda la comunidad