Hoy Juceca

Un jabón de tocador baja por la escalera

Sabido es, que hay cosas que a uno se le escapan de las manos. Para que ello ocurra, es necesario que anteriormente esas cosas hayan estado presas en nuestras manos. No hablamos de cosas que soltamos, que largamos, que tiramos, sino de cosas que se escapan. Por eso dijimos que estaban presas. Claro está, que hay cosas que no pueden escapar de nuestras manos, como ser los dedos y el destino escrito en sus palmas.

En mi caso particular, debo reconocer que aquello que con más facilidad y frecuencia se me escapa de las manos, es el jabón. Depende mucho de mi estado nervioso, de mis urgencias, del grado de torpeza con que tal o cual día esté actuando, y del grado de humedad que tenga en ese momento el objeto jabón. En verano, el excesivo calor atenta contra mi natural agilidad mental y enlentece algunos de mis movimientos. En una de estas noches de bochornosa temperatura, con tormenta eléctrica y amenazante de lluvias, agobiado y fastidiado, quise darme una ducha refrescante. Nada más sencillo. Pero ocurre que soy esclavo de algunos hábitos, y cada vez que me meto bajo el agua, aunque sea para darme una mojadura, me enjabono todo el cuerpo. Más de una vez, naturalmente, se me ha escapado el jabón de las manos. Presuroso lo levanto por temor a pisarlo, y continúo con la saludable acción de bañarme. Pero esa noche, a mi torpeza se sumaron algunos imponderables que complicaron las cosas. Se me cayó el jabón, me agaché a levantarlo, lo aprisioné con dos dedos y se me patinó, se me zafó, se me escapó de la mano, y salió fuera de la bañera. Allá salí yo a buscarlo, y al querer agarrarlo, volvió a escaparse y salió puerta afuera. Quedó en el ante baño, justo en el borde del primer escalón de la escalera que conduce a planta baja. Cierto incompresible pudor, ya que estaba solo en la casa, hizo que me envolviera con una toalla y diera esos pocos pasos que me separaban del escurridizo y ya fastidioso jaboncito de tocador. Apenas si lo toqué, y bajó dos escalones de un solo saque.

Debí arrodillarme para el siguiente intento, y con el agua que me escurría de la cabeza fue suficiente para que el maldito bajara varios escalones más. No es fácil describir, paso a paso, detalle por detalle, la forma en que el jabón y yo llegamos a la puerta de calle. Aunque fuera sencillo explicarlo, no sería tanto entenderlo, aceptarlo, creerlo. Lo tenía a mi merced, lo estaba empuñando ya, cuando llegó mi mujer, abrió la puerta, y así como ella entró, él salió. Y yo atrás. «¿Adónde vas con esta lluvia?», me alcanzó a gritar mi mujer siempre preocupada por mi salud. En la vereda estaba oscuro, así que lo primero que hice al salir fue pisar el jabón.

Abrazado a un árbol lo vi llegar al cordón de la vereda, y desde allí fue arrastrado por la lluvia de la calle. Un inexplicable pánico se apoderó de mí, al ver que iba a ser tragado por la boca de tormenta de la esquina. Así que tropezando con la toalla que se me había aflojado, corrí para detenerlo.

Llegué tarde para salvarlo, pero justo para que me vieran desde un patrullero. No fue nada fácil explicarle al comisario el porqué de mi desnudez, y menos que aceptara el relato de mi relación con el jabón desde la bañera a la boca de tormenta.

Ya estaban llamando a los hospitales psiquiátricos para que hicieran un recuento de los pacientes, cuando llegó mi mujer a rescatarme. La próxima vez me baño con el jabón atado a una canilla con una piola. Porque a mí, hay cosas que se me escapan de las manos. *

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