Empalme Olmos: estrategias solidarias para la crisis
Con la angustia marcada en los ojos, algunos vecinos de Empalme Olmos decidieron hace cinco meses llevar adelante una olla popular, de lunes a lunes, coamo única alternativa de contención para una red social que hace lo imposible por salir adelante. Ya se sabe que el hambre no conoce de estadísticas y la gente no esconde la bronca ante el hecho de que se están pavimentando los sufrimentos del futuro cercano, dándose la curiosidad de que se está gestando una verdadera cultura de la olla popular.
La mayoría de los casi setenta integrantes de este núcleo sufren la doble condición de desocupados y padres de familia, pero se niegan a arrodillarse ante la desesperanza.
Oscar tiene 28 años y dos hijos pequeños. La suya es una historia que se repite varias veces entre sus compañeros. Ex guardia de seguridad y desempleado de la construcción, sostiene: «Acá todos tenemos los mismos problemas, es decir, no tenemos trabajo o no tenemos vivienda o quienes todavía la tienen la van a perder en cualquier momento». Es obvio que la calidad de vida va en picada a una velocidad imparable. Ante ello, la solución pasa por la solidaridad, sostienen todos.
«Tenemos que unirnos e ir todos juntos con el mismo objetivo. Este es un emprendimiento popular encaminado por nosotros mismos y casi sin ayuda», reconoce Oscar, quien agrega: «Lo que planteamos con la olla popular de Empalme Olmos es una plataforma mediante la cual reivindicamos lo que hemos perdido. En mi caso, que soy una persona joven, me están matando la esperanza. Lo que buscamos es no perderla. Nos sentimos librados a nuestra suerte; es como la ley de la selva: sobrevivir y nada más».
Nada es como era
Hablar de la situación laboral en los alrededores de Empalme Olmos es llover sobre mojado, ya que no escapa a la realidad que azota a todo el pais. Metzen y Sena, la planta fabril que se levanta a unos pocos kilómetros, desde siempre fue la protectora del pueblo, al menos mientras pudo sostener a los más de 2.500 empleados. Hoy no llegan a 400, demasiado para una ciudad de 6.000 habitantes, contando la zona suburbana. «Eso nos lleva a pensar si estamos haciendo las cosas bien, desde todos los ámbitos», razona inteligentemente Mauro, otro ex empleado de la construcción de 29 años, quien reconoce que «ahora no hay protección con sindicatos endebles que no bregan por la gente sino que buscan ser simpáticos con las patronales. Así vamos, derecho a quién sabe dónde». A pesar de estar a sólo 35 kilómetros del centro de Montevdeo, la capital se encuentra muy lejos con el boleto a casi 30 pesos. «Para un jornal de 80 pesos el boleto no se aguanta», reclama Mauro. Es como estar prisionero de la realidad, ya que buscar trabajo fuera del área geográfica de Empalme es casi impensable.
A esa realidad hay que agregarle la vivida en los talleres de AFE locales, los cuales están en vías de extinción. En todos está muy presente la idea de que la olla popular no sólo es un ámbito en el cual acceder a algo de alimento, es además una forma de vehiculizar las exigencias y de sentirse parte de algo. «No podemos resignarnos al hambre y a la devastación», grita Martín, otro desocupado de la menguada industria de la construcción que a sus 28 años no encuentra salida, aunque no piensa dejar de buscarla, al igual que Marta, que a sus 42 años se quedó sola con sus dos hijos y, para colmo, «hace un año que estoy sin trabajo y por acá no se consigue nada, ni para limpiezas», dice.
Este emprendimiento surgió en el pasado invierno, a fines del mes de agosto. «Comenzamos haciendo un guiso como saliera, con un par de papas y poco más», recuerda Oscar. Hoy, a cinco meses, el menú no ha conocido mayores variaciones. Ese es uno de los aspectos que más preocupan a todos, el de la escasa variedad en la comida, con el
consiguiente desbalance nutricional. «Lo que tenemos a mano es arroz, fideos, algunas papas y muy poca carne», asegura Ricardo, un retirado policial que ayuda en todo lo posible. En referencia a los productores rurales de la zona, aseguran que dan una mano, aunque ellos tienen sus propios problemas. Por otro lado, los activistas reconocen que han recibido importante colaboración de médicos de la zona, quienes dan una mano en forma solidaria.
En cuanto a la ayuda que el Instituto Nacional de Alimentación (INDA) pudiera acercar, Oscar establece que se obtuvo en el marco de algunas movilizaciones que los propios vecinos han llevado adelante. El comedor de INDA sólo se mantuvo abierto durante dos meses, hasta setiembre último.
Es duro ver que la dignidad recibe un duro golpe cuando alguien que estaba acostumbrado a trabajar y, de buenas a primeras, pierde su fuente de ingreso se ve ante la realidad de no poder alimentar a su familia. Al respecto, Martín, otro ex obrero de la construcción de 29 años, sostiene: «Si hoy estamos en esta situación no es por nuestra culpa».
Ante la disyuntiva diaria de cómo hacer que la olla se ponga en marcha y no dejar por el camino a tanta gente, los impulsores reconocen: «esto nos está determinando la existencia» debido a una fuerte conciencia de lucha.
Todos los días a las nueve de la mañana se comienza con los preparativos, formándose diferentes grupos encargados de diversas labores, ya que hasta conseguir la leña para el fuego implica una proeza. Algunos van hasta Ruta 8, cerca de Pando, con la intención de estableceer un «peaje» que les proporciona alrededor 400 pesos semanales, dinero que es volcado a la compra de los alimentos en comercios donde les hacen importantes descuentos. De todas maneras «hay quienes aún no han interpretado lo que significa formar parte de una olla popular», dice Oscar, en el entendido de que no se trata sólo de comer. El relacionamiento entre todos es fundamental para que la estructura no se caiga y para preservar una independencia política que es levantada como estandarte. «No queremos ser manoseados por nadie ni por ningún partido político de ningún color», afirma Martín. En ese sentido se anuncia para hoy una asamblea abierta convocada por la olla popular del pueblo y la Unión de Trabajadores Desocupados, con la participación de delegaciones del Sunca, de lo que queda del sindicato de Metzen y Sena, de los trabajadores del Iname y de Fucvam, a los efectos de amplificar el movimiento para «que no quede encerrado entre cuatro paredes». El acto será a las 18.30 horas en la vieja estación de trenes.
Al fondo de la humilde casa donde funciona la olla, resguardada por un perro flaco que no deja de ladrar, está la cocina, en un aparente desorden, pero todos saben que es el verdadero corazón del emprendimiento. Allí se respira el clásico olor a guiso, vigilado con atención por todos. En una castigada mesa se guardan algunas papas y arroz junto a algo de pan que algún panadero se dignó a dejar, elementos que serán utilizados al día siguiente. La historia volverá a comenzar. Eso lo saben todos y, aunque suene a lugar común, mañana será otro día, siempre.*
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