Por la globalización de la justicia

RIGOBERTA MENCHU (*) CIUDAD DE MÉXICO, IPS

Sin embargo, las manifestaciones populares de rechazo a un sistema internacional que ha perdido credibilidad, como las vistas en Seattle, Génova y Praga, entre otras, y eventos como el Foro Social Mundial representan la aspiración legítima de darle un rostro humano a la mundialización, a un proceso que tome en cuenta los intereses de la gente y no únicamente los de las grandes transnacionales.

Es por ello que el libre comercio y la mano cada vez más visible de un mercado abierto para unos y cerrado para la mayoría no pueden continuar destruyendo las economías. Los escandalosos fraudes contables de las más grandes compañías del mundo han demostrado que la mano invisible del mercado ha minado la confianza de los ciudadanos no sólo en esas mismas empresas sino en los controles estatales. La seguridad no puede continuar siendo el pretexto para la agresión, ni la guerra puede continuar siendo la locomotora de la economía. La historia ha demostrado que la paz moviliza a la economía y no la guerra. La Guerra del Golfo de hace más de una década lo demuestra. Mientras mayor es el bienestar y la opulencia de unos cuantos, mayor también es la insaciable voracidad por los recursos que deberían servir para garantizar lo mínimo para todos. Hace poco más de dos años los líderes mundiales expresaron su compromiso de reducir a la mitad los 800 millones de personas que padecen hambre para el año 2015; sin embargo, la FAO ya advirtió que, al ritmo que vamos y con 25 mil muertos de hambre al día, esta meta no se alcanzará ni en los próximos cien años. El Cuerno de Africa está a las puertas de otra catástrofe humanitaria (sí, una más…), en la cual la vida de más de 10 millones de personas corre riesgo.

Las fronteras se han vuelto permeables para el gran capital, pero no para la gente. Este injusto orden internacional impuesto a más de cuatro quintas partes de la población mundial ocasiona una movilidad transfronteriza nunca antes vista. Este fenómeno, después del petróleo, representa el segundo rubro en número de transferencias internacionales de divisas. Los inmigrantes, con documentos o sin ellos, son seres humanos cuyos derechos son atropellados por políticas de los Estados y las mafias transnacionales que lucran con el tráfico, servidumbre, esclavitud y hasta con el asesinato de seres humanos.

Por estos y otros aspectos, es preciso enfatizar en que la globalización no implica el fin de las soberanías ni las responsabilidades particulares de los estados. Ellas se están modificando, complementando y fortaleciendo con la presencia emergente de nuevos actores sociales.

La moderna lógica de acumulación productora de enormes riquezas ha caracterizado el modelo económico actual. En el caso de los pueblos indígenas, no aspiramos a ser ricos. Nos interesa el desarrollo material, pero nos interesa más el espiritual. Queremos progresar económicamente porque nuestras necesidades actuales son urgentes, pero jamás nuestros ancestros o nosotros hemos propuesto enriquecernos demasiado, si esto ofende a nuestro Sagrado Planeta.

En el caso de América Latina, vemos los efectos devastadores de la desestabilización económica y política de unas democracias frágiles a manos de las determinaciones de los organismos financieros internacionales. La evolución de la globalización implica también la reforma de estas instituciones, así como de las de carácter político del sistema internacional. Esta es una necesidad impostergable, puesto que su crecimiento y grado de complejidad han diluido significativamente su papel político, han reducido su eficacia y se han convertido en grandes entes burocráticos.

Para que la globalización tenga un verdadero rostro humano se requiere de una reforma que rompa la exclusividad que hasta ahora han tenido los representantes gubernamentales convertidos en mandatarios de los intereses de las grandes corporaciones empresariales, las mafias corporativas y los intereses supranacionales.

Se trata de una reforma que dé paso a la participación de actores sociales que hoy no encuentran caminos apropiados de representación en la estrechez de los sistemas institucionales existentes. La capacidad de contribución y la independencia de los pueblos sin Estado, las iniciativas ciudadanas, las organizaciones civiles y los movimientos sociales reclaman que su compromiso se traduzca en reconocimiento y corresponsabilidad en las grandes decisiones que tengan que ver con la paz, la justicia, el desarrollo y la democracia en el nuevo mapa institucional del sistema internacional.

(*) Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz en 1992.

Servicio exclusivo de IPS para LA REPUBLICA

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