Hoy Juceca

Un amor profundo y un profundo dolor

«Llévelos, que después, con el uso, estiran». Esa es la frase que me está esperando, y yo sé que me está esperando, en cada zapatería en la que entro a probarme un par. Entre otros defectos, tengo tres que heredé de mi viejo: primero no hacerle perder mucho tiempo al vendedor bajando cajas de los estantes, segundo no irme sin comprar nada porque el hombre está trabajando a comisión y me atendió bien, y tercero, salir comprando zapatos más chicos que mi pie. Este defecto propio, personal mío, se veía agravado, potenciado, por la virtud del vendedor que ante mis tímidos cuestionamientos sacaba de la manga aquella frase mágica, destructora de toda posible resistencia: «Llévelos, que después, con el uso, estiran». Yo sabía que no, que con el uso no iban a estirar lo suficiente, y este saber se apoyaba (dolorosamente) en las señales de peligro enviadas a mi cerebro por el dedo gordo del pie derecho con el voto solidario del izquierdo que, por alguna razón que ignoro, siempre sufrió menos las apreturas a que solía someter a los dos por igual, que 45 es el número que calzan, dependiendo, medio punto más o menos, de la horma. Tales apreturas, sin duda, guardaban relación con otras estrecheces: las económicas. Para mandarse a hacer zapatos de medida, había que ser muy bacán o muy rengo. Y un día, apareció una marca de zapato nacional, que se llamó Incalcuer. Por entonces, yo andaba de novia nueva y zapatos viejos. Entonces, sabedor de que toda pinta se ve mejorada si relumbran los tamangos, fui y me compré un par de zapatos marca Incalcuer.

No me importó un comino el apuro del vendedor, ni las cajas que tuviera que bajar, ni todos esos prejuicios de mi viejo, y me compré unos que apenas si me molestaban en el dedo gordo derecho, y apenitas en el contrafuerte del talón izquierdo. Faltaba medio punto, pero escuché la frase que necesitaba para comprarlos: «Llévelos, que después, con el uso, estiran». Mi novia, a quien amé profundamente, era linda, joven, elegante y caminadora. Le gustaba charlar mientras caminábamos, y caminar mientras charlábamos. Charla amena y paso ágil. Y una tarde nos encontramos en la esquina convenida. Yo estrenaba mis Incalcuer. Y entramos a caminar. Ella era inteligente, sensible y a la vez fresca y graciosa, encantadora. Yo sabía ser medio brillante, ingenioso, y llegado el caso, también romántico. A las dos cuadras recibí el primer mensaje enviado por el dedo gordo a mi cerebro, seguido de una señal roja del talón izquierdo. A mí jamás se me hincharon los pies, pero me negué a permitir que en mi mente se formara la siguiente frase: «Llévelos, que después, con el uso, se achican». Dos cuadras más allá, había un bar abierto. «¿Entramos a tomar un cafecito?» Entramos. Sentarme fue un leve alivio, muy leve. La relación no estaba en la etapa de quedarnos las horas tomando café y fumar y dale que te dale a filosofar sobre la soledad y el orden natural entre la causa y el efecto más la forma y el contenido, sino en la de caminar por las calles y disfrutar del aire libre, y charlar y reírnos tomados de la mano, o de la cintura, emparejando los pasos. Deben haber muchos dolores que yo no he experimentado, pero los que yo empecé a sentir, hasta sentirlos plenamente, no ya en los pies que parecían tener diez dedos cada uno, sino de ellos hacia arriba, pasando por los tobillos, pantorrillas, omóplatos y cabeza, incluyendo los ojos, las muelas, y una oreja que no me dolía pero me saltaba, es imposible narrarlos.

Se me caían las lágrimas. Nunca tomé tanto café en tantos boliches como esa tarde. Fueron dos meses a tres caminatas semanales. Y uno no le puede decir a su noviecita nueva: «Pará que estoy loco de las patas». Para que ella no pensara que yo era un cafeinómano, me pasé a la grapa, le hablaba de mi vieja muerta para justificar mis lágrimas, me peleaba con los mozos para descargar la tensión, y un día que me desaté los zapatos, salí, me pisé los cordones y manoteando en el aire me fui sobre una viejita que me golpeó con una cartera donde llevaba un ladrillo. Es posible que, con los años, logre olvidar a aquella noviecita de las largas caminatas, pero a los que nunca olvidaré, sin duda, será a los invencibles Incalcuer. Lo peor es que aún hoy, cuando paso por una zapatería, sé que en los labios de algún vendedor me está esperando la frase: «Llévelos, que después, con el uso, estiran». *

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