Los generales mueren en la cama
– ¿Vio que se murió el general Galtieri?
– No, no vi.
– Quiero decir, si supo.
– Saber sí, supe.
– En la cama murió.
– Los generales mueren todos en la cama.
– Claro, para morir en los campos de batalla están los soldados, conocidos también como «carne de cañón» porque se despanzurran los unos a los otros a bayoneta calada, sable en mano y carabina a la espalda.
– Esa orden está mal dada. Antes de sacar el sable se tiene que poner la carabina en la espalda, porque si saca el sable primero después se hace un lío con la carabina, se enreda, y más si va a caballo y al galope tendido porque tiene que atender las riendas, y el animal se da cuenta de que sobre su lomo están ocurriendo cosas extrañas.
– Anomalías, digamos.
– Eso, justamente. Y el caballo, en el fragor de la batalla agudiza su instinto, y al ver que relumbra la hoja del sable delante de sus ojos y que el soldado se traba con la correa de la carabina, presiente que puede ligar un tiro en la nuca o un corte de sable en el cogote. No se olvide que corre entre centenares de caballos como él, montados por centenares de jinetes como el suyo, todos cumpliendo una orden mal dada, y aunque algún soldado perciba el error su obligación es cumplir la orden. Y no puede, ni debe, parar la batalla para preguntar, ni detenerse a consultar ni siquiera con el jinete más próximo, ese que también está tratando de diferenciar las correas de las riendas de la correa de la carabina, y que tampoco ha logrado aun embocar el sable en la vaina, porque observe usted que la vaina se mueve, se sacude, le chicotea en la pierna, y no hay manera de dar con la ranura.
– Y el enemigo que se les viene.
– Implacable. Pero el enemigo también observa, nota, percibe, registra que el escuadrón de enfrente padece de algún desorden, que galopa en forma desprolija.
– Anómala.
– Y se ponen nerviosos, algunos se frenan, más de uno se distrae y varios comentan y llegan a la conclusión de que ese aparente desorden esconde una nueva forma de batallar.
Entonces suenan los clarines, se repliegan, se abren en dos alas y dejan que el enemigo desprolijado pase por el medio en un tronar de cascos y gritos y hojas de acero que no encajan, y más de uno se ahorca con la correa de la carabina, o se rebana un dedo con el sable. Y en medio de ese borbollón, va nuestro soldadito, y su caballo desbocado se despega del batallón, se desliga de la batalla.
– Se desinteresa.
– Temeroso de que su jinete le pinche un ojo, dirige su galope al filo de una loma donde blanquea aquella casita, aquella donde vive ella, la mujer que le bordó el pañuelo perfumado que lleva debajo de su kepis. Ella lo recibe con un mate, y mientras se abrazan, el caballo, práctico en el manejo de los arreos, se desensilla solo y se va, de civil, a pastorear entre sus pares. Y así todo. *
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