Una octogenaria de primera línea

El 11 de diciembre último, la Cámara de Diputados rindió homenaje como «luchadora social», a una tatarabuela que, sin más retribución que el afecto de todos, continúa cada día la labor que se impuso de alimentar niños.

Con sus 85 años a cuestas, Ramona Villar camina aún todos los días una hora, para recorrer las cuatro cuadras que la separan del Club Atlético Progreso. Allí unos 150 niños reciben su almuerzo cada día. Atiende personalmente todo lo inherente a la alimentación y atención de cada uno de los niños. Y aún cuando lo farragoso de la tarea hace que cada vez más Yolanda y Andrea, que la acompañan desde hace años, deban multiplicar su esfuerzo, «Doña Ramona» como todos la llaman en absoluto rehusa plantearse las tareas más difíciles.

A Ramona Villar la vida se la hizo difícil desde el vamos. Con tan sólo dos meses de edad, sus padres la trajeron del natal Cerro Chato, al montevideanísimo La Teja, que era otro mundo. Tan lejos aquel La Teja de Cerro Chato, como de su realidad hoy. La niñez fue dura sin embargo, la madre de Ramona murió a poco de llegar, la niña repartió su infancia entre el padre y una tía.

Desde joven trabajó y llegó a un cargo de rango para la época, algo ya desaparecido: fue institutriz de la familia Henderson.

En la misma familia ingresó a la cocina y en tanto los ingleses «eran de buen comer» se hizo hábil en aquellas labores.

Después de aquel período trabajó durante años en varias escuelas, siempre en comedores infantiles, alcanzando el cargo de «ecónoma de Primaria», hasta su jubilación.

Aunque apenas pisaba los 70 años cuando se jubiló. *

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