Una vuelta casual a las raíces
Yo, así como creo en la magia, creo en las casualidades. ¿Usted también? Ahí tiene una casualidad. No le voy a negar las causalidades. No tengo veo ninguna causa para hacerlo ni por casualidad. Pero permítame decirle que mi vida está llena de casualidades. Tal vez ella misma no sea otra cosa que un producto de una casualidad. ¿La suya también? Vea que casualidad. Claro, la concatenación. Pero yo me refiero a cosas más simples. No me quiera encadenar todo con todo, porque así es muy fácil, o no tanto y se nos hace un matete. De acuerdo. Fíjese una cosa, un caso, un ejemplo. Mi abuelo materno, Luciano Cabrera, nació en Santa Cruz de Tenerife, isla principal de las Canarias españolas. ¿Fue una casualidad que naciera allí y no en otra parte? Seguramente nació allí porque allí estaban sus padres, y de allí eran sus abuelos, y así sucesivamente. Es probable que esa sea la causa que haga desaparecer lo casual. Sin duda. Déjeme continuar. Allí se casó con una canaria, y se vinieron a Montevideo. ¿Por qué a Montevideo y no a San Pablo o Buenos Aires? Fueron muchos los canarios que vinieron al Uruguay. Es una buena razón, sí señor. Tuvieron aquí, cuatro hijos varones y una mujer, que vino a ser mi madre. Pudieron ser todos los hijos varones, y entonces mis abuelos maternos hubiesen sido otros, yo otro, mi vida otra. ¿Esa hija mujer de mis abuelos, fue casualmente mujer? No importa. Entiendo, sí, que no importa. Posiblemente no importe nada de lo dicho ni lo por decir. La verdad que no lo veo ni siquiera novedoso. Crecen los hijos de mis abuelos, y ellos vuelven a Tenerife. Allá, Luciano Cabrera funda un barrio y le pone «Uruguay». Nada casual teniendo en cuenta que aquí vino a tener sus hijos. Nada casual, u totalmente lógico. ¿Existe aún ese barrio en Tenerife? Existe y me dicen que es importante. Vea usted qué lindo. Mi aquel abuelo canario, gustaba leer teatro. Tenía cantidades de obras de teatro. En casa de mis padres, se leían aquellas obritas. Se leía en familia, mis padres y mis hermanos, una obra por semana o cada quince días. Uno leía y los otros escuchábamos atentos, maravillados o emocionados con aquel drama o comedia. Lógicamente, no había televisión. Es muy posible, y nada casual, que a mí me picara eso del arte de escribir. Y me picó fuerte. En una casa con libros, siempre hay alguno que agarra para ese lado. Es inevitable. Por suerte. Yo agarré y seguí para ese lado. En 1962, comencé a escribir unos cuentos que se llamaron, y aún se llaman, de Don Verídico. Era la gran década de los sesenta. Lógicamente, uno no sabía que iba a ser una gran década, lo que quiere decir que uno no se estaba subiendo a ningún carro que lo llevara cómodamente entreverado entre hechos de gran intensidad y magnitud histórica. Aquello fue, casual. Cuarenta años después, el personaje, vivito y coleando, cumple cuarenta años de vida. Nada casual. Por lo menos, no en los números. Justamente, en diciembre de este año 2002, se realiza un Festival Internacional de Narradores, al que voy especialmente invitado. ¿Fue casual que coincidieran los cuarenta años con el Festival? Sin duda. Ni yo empecé a escribir esos cuentos en 1962 pensando que en el 2002 sería invitado a un festival de narradores, ni el festival se realiza por los cuarenta años de marras. ¿Y dónde se realiza el mentado festival? En Santa Cruz de Tenerife. ¿No es una bella casualidad? Visto así, sin duda que lo es. Entonces, veámoslo así. *
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