La maldición de la pinza
Sin descartar la bicicleta, la moto y la patineta del nene. Para la patineta del nene debiera traer botiquín, porque el nene, ya medio grandulón, le diré, tiene la manía de imitar a esos de la televisión, y pone un tablón apoyado en una mesita de luz que me saca al patio de día, y viene en la patineta por el corredor a toda velocidad, sube por el tablón y quiere trepar a la pared, dar una voltereta en el aire y regresar al tablón sin caerse.
Y se cae siempre. Y qué quiere que le haga. Está en la edad. El asunto es que yo necesitaba una pinza. Hay una canilla del baño que gotea. ¿Cuál es la solución? Cambiarle el cuerito. Cualquiera que vea gotear una canilla, si al cerrarla bien, sigue goteando, lo primero que dice es: «Hay que cambiarle el cuerito». No es ninguna ciencia. Vergüenza me daría llamar a un plomero y decirle: «Tengo una canilla que pierde y necesito que venga a cambiarle el cuerito».
¿Qué opinión se puede formar un hijo de un padre que recurre a un profesional de cañerías y sopletes, por el cambio de un cuerito de canilla? ¿Y la esposa? Más allá de que ella diga: «No te compliques, viejo, mejor llamamos a alguien que sepa», en el fondo necesita ver que su hombre es capaz de remangarse, y con una simple pinza resolver el asunto de la gotera que ya lleva como quince días con el «to, toc, tac, toc». No es casual que en estas últimas dos semanas hayamos tenido algunas discusiones subidas de tono.
Es ese gotear permanente que nos pone de mal humor, y salen cosas a relucir, que si la canilla no goteara quedarían tapadas y santas pascuas. Peligra la pareja, peligra el hogar, peligra el nene que al percibir la tensión reinante trata de llamar la atención y se revienta contra la pared.
Entonces, salgo a buscar una pinza. No voy a comprar una por un cuerito que se cambia cada muerte de obispo. En general los obispos duran más que los cueritos, pero ahí está el dicho y uno lo usa. Salgo entonces a buscar pinza prestada. Y compruebo que le solidaridad y generosidad de los uruguayos, es un mito. Nadie me presta una pinza.
Algunos dicen que no tienen, que si tuvieran con mucho gusto, pero se les nota en la voz que tienen y no quieren prestar. Una señora me dice que sí, que tiene, pero que no la presta porque según ella, tanto prestar, como pedir pinza, trae yeta. Me cuenta con lujo de detalles, que cierta vez una cuñada le prestó una pinza a un vecino.
Al poco rato la cuñada se estaba bañando, pisó el jabón y se fracturó un tobillo, vino la ambulancia y se enamoró del enfermero, el marido se dio cuenta y la abandonó, entonces ella se fue a vivir con el enfermero y le resultó un mujeriego que la dejó, cuando todavía caminaba con dificultad, para irse con una masajista que tenía consultorio en San Ramón. ¿Y qué fue lo que le acarreó esa serie de desgracias en cadena? Evidentemente –me asegura la señora cuya cuñada lleva gastado un platal en curanderas– fue por haber prestado la maldita pinza. Desisto de ser yo quien arregle la canilla. Llamo a un plomero cualquiera. El tipo viene con una cajita de herramientas que da lástima. La abre, revuelve buscando algo y me dice: «Perdón, señor, ¿usted no me podrá conseguir una pinza?». Lo echo, lo expulso, lo destierro de mi casa. ¡Yo lo haré! ¡Quién dijo miedo! Con el fierro de atizar las brasas del parrillero, le hago palanca a la canilla.
Salta la canilla, salta el gastado cuerito, salta el perno, el pistón y los cilindros y un potente grueso chorro de agua pega contra el techo.
La casa se inunda, el nene se da a la fuga con la patineta, mi mujer me acusa de violencia familiar descargada en una indefensa canilla, se conduele del plomero expulsado y se va con él. Yo me doy por vencido y me ahogo. En mi velorio, una señora comenta: «Yo se lo dije, pero los hombres son testarudos, y ahí lo tiene, peor que mi cuñada, porque aquella sigue con el tobillo torcido, pero al menos camina». *
* Humorista
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