Muertos de hambre

El Uruguay es una cultura que despierta curiosidad. Cualquier observador exterior, y por tanto desapasionado, cae en la perplejidad al observar cómo convive tan alegremente una descomunal cantidad de información –incluyendo estadísticas y precisos diagnósticos– con la más absoluta de las omisiones. Es más, estamos hasta el tope de unos especialistas y técnicos muy capaces, tanto como de unas leyes supuestamente protectoras y de unos hombres públicos que parlotean acerca de esto tan espantoso como si estuviesen comentando el partido del domingo.

Se sabe qué pasa, se habla en abundancia de ello, al punto que integra casi todos los discursos que discurren desde Bella Unión al faro de Punta Carretas, pero siempre se concluye por ver a esa realidad como algo ajeno o, en todo caso, como algo susceptible de aguardar por mejores tiempos. Es decir, una cosa que sí es angustiante, pero que no, no nos ha de estallar en la cara en cualquier momento.

¡Cómo, hombre, si eso sería imposible en el país del poncho blanco de Aparicio, del gris sobretodo de Batlle y del maracanazo inmortal!

Lector, sólo apelaré a un par de datos. Ahora, aquí mismo, hay más pobreza entre los niños de cero a cinco años que entre la población mayor de sesenta y cinco años. Al mismo tiempo, el casi medio millar de comedores infantiles que tienen convenio con el Iname –en otras palabras, aquellos aparentemente con mayor respaldo– hace seis meses que no recibe las partidas asignadas. La lucha contra el hambre infantil ha quedado reducida al esfuerzo desesperado e insuficiente de organizaciones sociales a las que el Inda ayuda a veces y poco, hundido como está, hasta el fondo y sin pudor, en la más patética de las burocracias imaginables.

Si un Estado es incapaz de proteger a su niñez, que es decir a su único futuro posible, bueno, ése es un Estado perverso. Pero, a fin de cuentas, ¿qué es un Estado? Si lo despojamos de unas decisiones actuales y de una cara visible  o sea, de las características del gobierno, del Parlamento y de la Justicia que lo representan hoy– nos quedaría nada más que una irrealidad o una ilusión.

Entonces, frente a lo que ocurre, debemos interrogar a gentes de carne y hueso, claramente identificables: son quienes debiendo enfrentar con vigor las responsabilidades cruciales de la hora sólo atinan a balbucear promesas, a postular soluciones mágicas y a descansar en la imaginada certeza de que mañana, todavía, nada trágico pasará. Y los nombro: el Presidente de la República, el ministro de Economía, los parlamentarios que hacen las mayorías y hasta los jueces que, dispuestos a actuar de oficio por una gresca en una cancha cualquiera o por unas agresiones de patotas sindicales, no son capaces de mover un dedo frente a semejante violación de un derecho esencial de los más indefensos.

Claro que vivimos tiempos de crisis económica, quizás los más peliagudos de nuestra historia moderna. Ah, pero la crisis no puede ser un pretexto para olvidar lo esencial, lo sagrado de una sociedad.

¿Se habla en serio cuando se dice que faltan recursos? ¿Y las grandes fortunas que sobreviven tan campantes? ¿Cuáles empresarios de porte han visto comprometido su patrimonio, e incluyo a los Peirano, si todos los costos los han pagado los trabajadores? Esas grandes fortunas, ¿corresponden a grandes contribuyentes o a grandes evasores? ¿No es posible extraer de ellas lo que está haciendo falta para iniciar, al menos, la construcción de una gran cadena solidaria? Siendo ésta una real emergencia, estando como estamos a un brevísimo paso de la tragedia, ¿es impensable sacar otra parte de los más altos salarios públicos y de los sueldos de los legisladores? ¿A cuántos comedores infantiles daría oxígeno un diez por ciento de todos los sueldos de la administración pública, incluyendo intendencias, mayores de cuarenta mil pesos? ¿Y a cuántos más, un diez por ciento de lo que ganan mensualmente los parlamentarios? Y usted y yo sabemos, lector, que no son ésos todos los bolsillos adonde rascar.

Y si al gobierno la plata no le alcanza, caramba, ¿cuáles son sus prioridades? ¿Cerrar las cuentas que debe presentarle al Fondo Monetario Internacional? ¿Lanzar otro salvavidas a los bancos de unos estafadores? ¿O impedir que a corto plazo tengamos a la mitad de nuestros niños muertos de hambre?

¡De cuánta hipocresía y de cuánto cinismo es capaz todavía esta sociedad! ¿Por qué camino habrá de llegar la luz moral, ética, que nos impulse a buscar el verdadero bien común?

Hablando de la experiencia mística, Aldous Huxley decía que él la entendía como «tener una profunda conciencia de algo y, mientras la experiencia dura, estar identificado con una forma de conciencia pura, de conciencia transpersonal que existe, por decirlo así, aguas arriba de la ordinaria conciencia discursiva de nuestra vida cotidiana». ¡Vaya claridad y precisión! ¡La «ordinaria conciencia discursiva»…!

Quién sabe. A lo mejor nos está haciendo falta una fuerte experiencia mística, que conduzca, psicológicamente, a un estado de conciencia no egotista.

Dicho de otro modo, más lírico, que conduzca a una «actitud del espíritu» que aleje los sentimientos exagerados por uno mismo y nos impela a pensar en los demás. *

* Periodista

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje